viernes, 4 de julio de 2014

DIA DE ESTRENO - 1º Capítulo de Sizigia

DIA DE ESTRENO - 1º Capítulo de Sizigia

¡Que lo disfrutéis!
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CAPITULO 1


Jordan y Erick se reunieron aquella mañana en el Torreón Sur, tal y como hacían desde que Nicholas desapareció. La primera tarea que abordaban era la de organizar las partidas de hombres y las zonas de búsqueda, no podían dejar ni un palmo de aquel vasto territorio sin revisar, cada recodo del camino, cada cueva, cada lago… Gabrielle no lo sabía, pero habían encomendado a algunos guardias la cruda tarea de buscar el cuerpo sin vida del rey en las aguas de los innumerables lagos del reino. Que Nicholas hubiera muerto era una posibilidad que tenían que aceptar, sobre todo con el paso de los días, por lo que al inicio de cada jornada despedían a los hombres con el corazón en un puño, manteniéndose a la espera de noticias que nunca llegaban.
Ya era el cuarto día que observaban, desde el gran ventanal del torreón, a los hombres desfilar por la vía principal hasta atravesar la gran muralla y reemprender la búsqueda.
―¿Dónde demonios estará? ―murmuró Erick por lo bajo, descorazonado―. No puedo quitarme de la cabeza la imagen de Nicholas, tirado en una cuneta, inconsciente o peor… muerto.
―No lo digas, Erick ―rezongó Jordan a su lado―. No hace falta clamar a Deati su presencia. La Señora de la Muerte ya lleva a cabo su infame labor sin necesidad de acicatearla con nuestro pesimismo.
―Pero es que los hombres ya no saben dónde buscar, Jordan.
Erick se giró apoyándose en el alféizar y cruzándose de brazos.
―Si hoy no tenemos noticias suyas, mandaré una partida de hombres a Asbath para que comience allí la batida.
―¿Crees que haya podido llegar tan lejos, a pie? ―preguntó incrédulo, mirándolo sorprendido.
―No lo sé. ―Resopló, atormentado por la duda―. Y llámalo corazonada o simple preocupación, pero tengo un mal presentimiento que se me anuda aquí. ―Se restregó el centro del pecho con la palma de la mano, en un gesto brusco, desesperado.
―¿Sobre qué? ―preguntó Erick con cautela.
―¿Y si no fue un accidente?
Erick se irguió y dejó caer los brazos mientras apretaba los puños contra los costados de los muslos.
―Son sólo conjeturas. ―Jordan se apresuró a decir al ver su repentino cambio de actitud―. Y yo soy desconfiado por naturaleza. No es más que una sensación.
―Pues yo he aprendido que no debemos pasar por alto esas sensaciones tuyas ―apuntó con gravedad, y Jordan asintió con cierto pesar porque no le faltaba razón―. Si al atardecer no tenemos noticias de Nicholas, habrá que considerarlo.
―De acuerdo ―concordó Jordan―. Pero queda todo un día por delante, así que, por ahora, ocupémonos del resto de asuntos.



Para Moira el tiempo parecía haberse detenido en esa cochambrosa cabaña, aquello sí que era una sorpresa… y tuvo que reprimir el gozo que la situación le producía. No porque fuera a cambiar sus planes, confiaba en que todo saliese según lo había planificado, pero cualquier sufrimiento de Nicholas era regocijo para ella, y seguro lo sería también para Hrodgar cuando tuviese conocimiento de ello a través del cuervo que le enviaría en cuanto consolara a aquel pobre hombre desvalido y sin memoria en que se había convertido el Rey Nicholas.
―Por piedad, señora ―le insistió él con justificada inquietud.
Entonces, Moira tomó una silla y se sentó al lado del camastro donde él reposaba, adoptando su bien estudiada pose antes de hablar.
―Primero de todo, tranquilizaos ―le pidió con voz reconfortante―. Habéis estado cuatro días inconsciente y estáis muy débil.
―¿Cuatro días? ―preguntó confundido, mientras se llevaba la mano al intenso dolor que pulsaba en su cabeza.
―Cuidado ―le advirtió ella, tratando de que no se tocase la venda que le cubría la herida, aunque no lo consiguió, y Nicholas cerró los ojos al sentir que una fuerte punzada lo traspasaba como un rayo fulminante.
Cuando los volvió a abrir, Moira vio cómo le lanzaba un ruego con la mirada… ¡Demonios, aquello era tan gratificante…!
―Sois el Rey Nicholas de los Lagos y Asbath, Majestad ―le dijo por fin, y Nicholas palideció más aún de lo que su débil estado le provocaba.
―¿Rey?
Su expresión se endureció al igual que su tono de voz, incluso su porte parecía haber cambiado. Era como si, aun sin recordar quién era, su espíritu de rey se hiciese presente. Moira tuvo que reconocer que se sintió un tanto cohibida ante tamaña transformación, pues había pasado de ser un hombre desamparado, al soberano que era, exudando nobleza y solemnidad.
―¿Y por qué estoy aquí? ¿Qué ha pasado? ―preguntó ahora con seriedad, incorporándose ligeramente, con sumo cuidado.
―No lo sé, Majestad ―respondió con gesto inocente―. Os encontré inconsciente a orillas de un lago, cerca de aquí. Sangrabais profusamente por la herida de la cabeza, y vuestro castillo está tan alejado que mi primer impulso fue traeros a mi cabaña y atenderos, confiando en que pronto despertaríais. Y, sin embargo…
―Han pasado cuatro días ―susurró consciente de lo que aquello suponía―. ¿Y nadie ha venido en mi busca? ―La miró receloso.
―Esta cabaña es difícil de localizar tan interna en el bosque como está ―lamentó―. Y no quería dejaros solo en vuestro estado, indefenso frente al posible ataque de algún animal o, peor aún, algún saqueador. Y gracias a los Dioses que no lo hice, pues habríais podido despertar en la soledad de esta cabaña y sumido en la confusión al no recordar nada de vuestro pasado. Porque, no recordáis nada, ¿verdad? ―tanteó, insegura, expectante.
―Me temo que no. ―Se palpó cuidadosamente las sienes―. ¿Cómo te llamas?
―Mi nombre es Moira, Majestad.
―Moira, te estoy infinitamente agradecido por haberme salvado la vida ―le concedió finalmente―, pero habrá alguien buscándome… ―titubeó―, imagino que tendré familia ―dijo a modo de pregunta.
Aquella mujer de aspecto humilde era su único nexo con la realidad en esos momentos y cualquier información que pudiera darle era muy valiosa.
―Estáis casado con la Reina Gabrielle ―le respondió ella con una lánguida sonrisa.
―Ca… casado.
Por insólito que pareciera, aquello fue lo que más le conmocionó, más que saberse herido y perdido en una recóndita cabaña en el bosque, o soberano de no uno, sino de dos reinos desconocidos para él.
Lo que realmente le hizo estremecerse de pies a cabeza fue saber que tenía una esposa, y esa sacudida se vio avivada por la imagen de una mujer que se filtró en sus más que confusos pensamientos: aquella joven de ojos grises, piel clara y cabello oscuro como la noche que había visto en sus sueños. Volvía a recordarla ahora, su llanto, rogando porque su amor regresara a ella… Tal vez esa mujer no fuera su esposa, pero alguien lo era y bien podría compartir el mismo sufrimiento que aquella deidad de sus sueños.
―Debo regresar ―anunció de forma repentina.
―Pero, Majestad, estáis demasiado débil ―le rebatió ella con toda la amabilidad que le fue posible reunir.
―No te preocupes.
Hizo ademán de levantarse, pero le fallaron las piernas, exagerando ella su intento de ayuda.
―¿Lo veis? ―recalcó, tratando de no sonar brusca―. Apenas he sido capaz de daros algo de caldo estos días ―añadió, sosegando aún más el tono.
No contaba con tanta obstinación. El paso siguiente en el plan era, ahora que había despertado, que ella saliese de la cabaña en busca de ayuda, de Douglas en realidad, quien se encargaría de dar aviso al castillo mientras ella se volcaba en él, en cuidarlo para ganarse su confianza y agradecimiento, lo que sin duda serviría para sus planes. Pero así…
―¿Cómo me trajiste hasta aquí? ―preguntó él entonces astutamente.
―Cuento con una pequeña carreta ―respondió ella, maldiciendo para sus adentros.
―Bastará con que me ayudes a llegar hasta ella ―la instó, deseando salir de ese lugar.
―Majestad…
―Te lo ruego ―exhortó con ardor.
Moira supo que ese necio era capaz de arrastrarse con tal de llegar a la carreta. No estaría mal que así fuera, pensó con divertimento, pero debería renunciar a ese placer.
―Tratad de comer algo primero, mientras que yo proveo la carreta de paja y unas mantas.

Con la caída de ese otro día de búsqueda infructuosa, Francis sentía que le dolía cada uno de los huesos de su cuerpo, y el trote del caballo hacía que se le resintieran aún más.
Se había empeñado en realizar el viaje desde Adamón sin detenerse hasta Los Lagos, decidido a llegar allí lo más pronto posible. Arribaron justo la noche anterior, y antes de que llegase el momento de unirse a la búsqueda del rey al amanecer, consiguió dormir unas pocas horas que no le otorgaron descanso alguno.
No había podido dejar de pensar en Anyan desde que se separaron… todo le recordaba a ella. El verdor de los bosques le traía las esmeraldas de sus ojos y los rayos del sol eran los reflejos dorados de sus cabellos. De noche, el brillo de las estrellas eran las lágrimas que Anyan había derramado por él… y las que él había derramado por ella.
El dolor que sentía oprimiéndole el pecho era mucho peor que el de sus huesos machacados. Le doblegaba el espíritu, el alma, y temía no volver a ser el hombre que creyó haber sido hasta que conoció a Anyan, ese hombre que se resquebrajó por dentro al verla por última vez, despidiéndolo desde aquella almena. Aún conservaba su broche con él, engarzado en la parte interior de su brigantina, cerca de su corazón, y había decidido que así sería hasta que se viera con fuerzas suficientes para intentar olvidarla.
Sin embargo, no creía que eso fuera a suceder jamás, como tampoco podría olvidar el perfume de sus cabellos o la suavidad de su piel desnuda contra la suya, el dulce temblor de su cuerpo mientras la amaba o el ardor de sus besos al entregársele. Nunca podría desprenderse de todo aquello, aunque, si era sincero consigo mismo, tampoco quería hacerlo.
Se dirigió con el resto de los hombres a las caballerizas, y ya aguardaba allí para hacerse cargo de su montura uno de los mozos, que lo miró entristecido al suponer que no habían encontrado al rey.
Otro día más sin noticias suyas. Faltaba poco para que cayera la noche, y con ella, la llegada del último grupo que había salido en su busca y que iba dirigido por Nigel. Después de eso, habría que aguardar al día siguiente para continuar y volver a adentrarse en aquellos bosques que habían recorrido una y otra vez sin hallar pista alguna.
―¡Francis! ―Notó repentinamente una mano sobre su hombro que lo obligaba a detenerse.
Un tanto aturdido se giró para encontrarse con Jordan, quien lo observaba con el ceño fruncido.
―Te estoy llamando desde que entraste en los establos.
―No te había visto ―dijo sin prestarle mucha atención, aún perdido en sus pensamientos.
―¿Qué te sucede? ―preguntó extrañado.
―¿Te parece poco lo que sucede? ―respondió con un tono demasiado brusco y del que rápidamente se arrepintió―. Discúlpame. ―Lo miró con culpabilidad―. La impotencia que siento por no poder encontrar al Rey Nicholas… me sobrepasa.
―Lo comprendo. ―Jordan palmeó su hombro―. Y te diría que a todos nos sucede lo mismo, pero me temo que no es el caso.
―No te entiendo. ―Se encogió de hombros con gesto sincero sin saber a qué se refería.
―Sé lo que te preocupa como Capitán de la Guardia de Asbath, pero esperaba que fuese mi amigo el que me contase lo que le sucede.
Francis se tomó un instante mientras sopesaba su respuesta, pero optó por darle la espalda y comenzar a atravesar el Patio de Armas en dirección al castillo.
―Estoy ocupado. ―Dio así la conversación por finalizada―. Debo informarle a la Reina Gabrielle de que…
Jordan dio un par de rápidas zancadas y se puso frente a él, cortándole el paso.
―La reina sabe perfectamente que, de haberlo hallado, ya estaría al tanto.
El joven capitán resopló, cruzándose de brazos, sabiéndose sin escapatoria, y Jordan vio en su postura encorvada y esos brazos apretados contra el pecho un mecanismo inconsciente de defensa.
―Sabes que puedes confiar en mí ―lo acicateó―. Es por aquella mujer de rubios cabellos que pertenecía a la Corte de los Reyes de Häe, ¿verdad?
Jordan observó cómo, finalmente, los brazos de Francis caían laxos a sus costados mientras apoyaba su espalda contra uno de los postes de entrenamiento. Su reserva de hacía un segundo se había transformado en derrota, y Francis sacudió la cabeza gacha varias veces a modo de afirmación.
―¿No te corresponde? ―preguntó Jordan, habiendo comprendido que iba a tener que hurgar para poder sacarle alguna palabra, pero, al parecer, había acertado al lanzar tal suposición, pues vio que reaccionaba y levantaba su rostro hacia él.
―Me tortura precisamente el hecho de que sí lo hace ―respondió con tanta tristeza en su voz que Jordan casi pudo sentir como propio el sufrimiento de su amigo.
―No lo comprendo.
―Ni yo tampoco ―negó, con los ojos llenos de una melancolía infinita―. Hubiera preferido que no me amase ―admitió―, me habría dado un motivo para arrancarla de mi corazón, incluso para odiarla si eso me hubiera ayudado a paliar este dolor que no me deja respirar. Pero ella me ama, Jordan, como ninguna otra mujer me amará jamás.
Su mirada reflejaba el mismo pesar que esa declaración tan sincera que sorprendió a Jordan profundamente.
―Reniego de ti como amigo si no le pediste que viniera contigo ―bromeó, aunque fuese lo menos apropiado, poniéndole una mano en el hombro.
―Claro que lo hice, ¿por quién me tomas? ―Sí que se rió, aunque su risa sonó triste―. Y de hecho la culpabilicé por no amarme al darme su negativa.
―Y entonces, ¿cómo estás tan seguro de que sí te ama? No entiendo…
Francis se limitó a entregarle una mirada llena de significado y que a Jordan le bastó.
―Divino Bhut, Francis… ―exclamó dando un paso atrás.
―Llevo ese amor clavado en las entrañas. ―Apretó los puños con el pesar transformado en rabia, deambulando unos pasos, perdido―. Me entregó su alma y su cuerpo, tomando los míos sin piedad, dejándome incompleto y sin la posibilidad de poder recuperar la parte de mi ser que me arrebató.
Jordan vio cómo los ojos de su amigo se velaban con un brillo acuoso de sufrimiento y desesperación, pero volvió a enfrentarlo, no quería que huyera.
―¿Y qué razón te dio entonces para no querer venir contigo?
―Te la puedo recitar palabra por palabra si quieres.
Y rescató de su mente aquella letanía que se le había quedado grabada como a fuego.
—“Tu amor no puede salvarme de mi destino ―comenzó a recitarle con voz balbuceante―. El precio que estoy pagando por amarte es muy alto, pero acabo de descubrir que no me importará hacerlo por ti. Por eso, nada de lo que hagas o digas hará que abandone este castillo. Nada.”
Tuvo que tomar aire para aliviar el dolor que le producía haberlo dicho en voz alta, mientras Jordan lo observaba perplejo.
―Amigo mío, te ruego que si ves algo de luz en esas palabras, me lo digas sin dilación.
―Algo le impide unirse a ti y cree que lo mejor para los dos es que estéis separados ―le dijo, sorprendido de que realmente no lo comprendiera.
―Eso ya lo sé ―concordó, aunque su voz delataba su desesperación―. Sé que hay algo que la frena y la obliga a alejarse de mí, pero ¿el qué?
―¿Y qué más da? ―Sacudió Jordan las manos con incredulidad―. ¿Qué demonios importa, Francis? Lo que importa es que está equivocada y tú eres el único que puede hacérselo ver. Amigo mío, sólo la Señora de la Muerte tendría el poder de separaros y, aún así, se la puede burlar, y tú has sido testigo de ello.
Francis sabía a lo que se refería. Sería imposible olvidar cómo Nicholas había arrancado a Gabrielle de las garras de Deati, aunque desgraciadamente, ahora…
―¡Jordan! ¡Francis!
Ambos se giraron hacia aquella voz que gritaba sus nombres con insistencia y vieron cómo Bruc corría hacia ellos con el rictus desencajado, sin parar de agitar los brazos y señalando tras de sí.
―¡Es el rey! ¡El rey!
 

2 comentarios:

  1. Hola por aqui:

    No se si me conocerás con este nick pero creo que es facil de adivinar jajaaj.
    Bueno te digo lo mismo que te he dicho por Face, tenía una teoría y ha resultado correcta. Moira necesita decir la verdad para que Nicolas confíe en ella y poder introducirse en el castillo con el fin de llevar a cabo sus planes. Por otro lado Francis sufre por amor y sabe que hay algo que impide que estén juntos, pero Jordan tiene razón solo la muerte podrá separarlos y es aqui donde me nace otra teoria.
    Y por ultimo solo decir que el subconsciente de Nicolas reconoce a Gabriel. No solo porque sueña con ella sino que en el momento en que Moira le dice que esta casado, se le viene su imagen a la cabeza.
    Estoy deseando que lo publiques pronto.
    Muchos besos y enhorabuena, me encanta.,

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  2. Me ha encantado, Juani! Ya tengo ganas de tener "Sizigia" en mis manos y completar esta historia que me ha enamorado desde el principio... Gracias por hacerme soñar con tus novelas, te felicito por tu talento como escritora y te animo a que nos sigas deleitando con tu forma de escribir y de contar historias... Enhorabuena!!!

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