Entre el Sol y la Luna







La vida sigue tras los últimos acontecimientos sucedidos en el Reino de Los Lagos, aunque nadie dijo que fuera a ser sencillo.

Erick vive preocupado por el embarazo de Claire; Agatha, angustiada por no poder darle un hijo a Jordan; y Gabrielle debe enfrentarse a un parto inesperado y prematuro, un nacimiento que marcará un antes y un después en su vida… y en la de todos.

Porque una ancestral profecía marcó el Fin de los Días desde el inicio de los tiempos, y para algunos, el heredero de Los Lagos y Asbath es realmente el Hijo de la Sizigia, aquel que vendrá a destruir el Mundo.

Así lo creen en el lejano y desconocido Reino de Häe, cuyos soberanos harán hasta lo imposible para detener el apocalipsis que los amenaza. No dudarán en destruir el Reino de Los Lagos, todo su mundo, con tal de que prevalezca el suyo. Y para ello, contarán con unos aliados cuyas ansias de venganza pueden ser tan mortíferas como la peor de las profecías.

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Podréis encontrar los dos primeros capítulos tras los pergaminos, ¡que los disfrutéis!

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Para el resto de países 

Aquí tenéis unos cuantos fragmentos de la novela.
Que los disfrutéis.


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Prefacio



El frío viento del norte golpeó su rostro. Se acababa el invierno y el Equinoccio de Primavera le otorgaba al mundo una jornada donde la duración del día y la noche sería la misma. Un momento en el que el alma se sincronizaba con el acercamiento del Sol a la Tierra y, junto con el cambio que experimentaba la propia Naturaleza, el hombre se sentía renacer. Además, a partir de ese día, el reinado de las tinieblas iría en declive, cada día brillando con más vigor el Rey Sol, aunque en esa nueva etapa y para lograr el triunfo sobre la oscuridad, el Divino Astro los iba a necesitar.
El Sol era el fuego, el cielo diurno, el dador de vida. Sus rayos teñían de verde los campos, hacían madurar sus frutos y les otorgaba abundantes cosechas. También los protegía de los demonios de la noche y les daba calor, reconfortándolos como una Madre a sus Hijos.
¿Qué era todo aquello comparado con lo que Él les pedía? Nada. Su sangre no tenía valor si Él no les concedía todas sus bendiciones para que pudieran vivir y disfrutar de ellas, y era un honor entregar el propio cuerpo para que Él se alimentara y asegurar así el bienestar y la prosperidad de su gente.
Eso fue lo primero en lo que pensó Anyan cuando vio a La Ofrecida descender la escalinata para reunirse con ellos en el patio de entrada. Apenas se apreciaba su rostro, iba enfundada en una capa negra de envés rojo sangre, con ribetes y florituras del mismo borgoña, como las que usaban las mujeres de la Corte, como la que la misma Anyan usaba. Vislumbró a un lado de la escala a una mujer de edad madura y supuso que debía ser su madre, dado que miraba a la muchacha, sonriente…, llena de gozo. Por sus vestimentas parecía una simple sirvienta, así que no era de extrañar su emoción, en vista del honor que se le había concedido a su hija. Todos se apartaban dándole paso mientras caminaba hasta situarse frente a los tres Reyes, arrodillándose humildemente ante ellos, quienes inclinaron levemente su rostro como reconocimiento. Cuando se irguió, los tres hombres le dieron la espalda y ocuparon sus respectivas posiciones, dando inicio al peregrinaje.
Formaban un triángulo perfecto. Anyan no pudo evitar sobrecogerse ante su solemnidad como cada vez que los contemplaba; a la cabeza se situaba Quyosh, el Rey del Mediodía, de cabello rubio, largo y lacio, con un rictus severo. Su mediana edad lo situaba en aquella posición adelantada al ser su Sol el que más alto brillaba en el horizonte. Tras él y justo delante de la muchacha, convirtiéndose en la base de aquella armoniosa figura se encontraban Günes, a la izquierda y Korw, a la derecha. Günes era su Rey del Atardecer, el más longevo de los tres, aunque no era ni mucho menos un anciano. Su cabello largo y ondulado aún conservaba el brillo dorado de su juventud, pero sus facciones ya habían comenzado a alargarse, mostrándose cada vez más angulosas y sombrías. La mirada de Anyan se detuvo entonces en Korw, el llamado Rey del Amanecer, quien alzaba su barbilla con orgullo, sabiéndose hermoso. Su cabello lucía fino y de un rubio tan claro que casi se tornaba plateado en algunos de sus largos mechones, sus rasgos eran suaves y delicados, llenos de frescura.
El joven rey le dedicó una fugaz, inexpresiva y casi imperceptible mirada, por lo que un escalofrío la recorrió al percibirlo, desviando la suya de forma inconsciente y topándose al instante con los ojos de su hermano que se encontraba frente a ella, al otro lado del pasillo que se había abierto para la comitiva. Vio en su mirada un deje de satisfacción, sin duda sabía perfectamente en qué estaba ella pensando, compartiendo, como lo hacían, una sintonía que iba mucho más allá del mero hecho de ser mellizos. Y sí, Griän tenía razón: Anyan envidiaba a aquella muchacha que en ese momento pasaba frente a ellos interrumpiendo su conexión visual. En realidad, todas las jóvenes allí presentes lo hacían, deseaban estar en la piel de aquella doncella, pero a diferencia de ellas, Anyan solo tenía que esperar un poco más. Pronto ocuparía su lugar, en cuanto cumpliese con la misión para la que había sido escogida.
Hacía únicamente tres meses del Ritual de Designio, tres meses que habían pasado volando de tan ocupada como estaba preparándose para su cometido. Ese Solsticio de Invierno había dado inicio a su nuevo destino y en el siguiente Equinoccio de Primavera, justo un año después y habiendo cumplido ya con el deber para el que se la había honrado, sería ella la que caminaría hacia el Altar Sagrado.
Cuando se anunció que, después de muchos años, en aquel Solsticio se realizaría el Ritual, no dudó en presentarse. Tenía derecho por pertenecer a la Corte, aunque cualquier plebeya que se considerara merecedora de tal honor podía hacerlo, cosa que no era muy común. Y, tal y como su hermano le aseguró que ocurri-ría, la escogieron a ella. Posees todo lo necesario para que así sea, no ha-cía más que repetirle. Era una noble, refinada y entregada a las costumbres de sus ancestros. Su hermosura era remarcable, con rostro angelical, mirada verde que recordaba los campos fecundados que les regalaba el Divino Astro, el cabello dorado rememoraba sus brillantes y cálidos rayos de vida. Y, además de todo eso… era pura.
Un movimiento entre el gentío la sacó de su ensoñación y se apresuró a incorporarse al séquito. Griän se había ya unido con anterioridad a él, justo detrás de La Ofrecida, caminando al lado de otros dos hombres, sus amigos Antü y Cam. Traspasaron el portón y se dirigieron a la colina. En lo alto habían colocado el Altar Sagrado sobre una peana que lo elevaba del suelo. Un gran tablero de mármol negro y tallado de forma triangular. Sobre la superficie de dicho altar se hallaban cinceladas, desde su centro, tres acanaladuras que lo recorrían hacia cada uno de sus vértices, hasta las bocas de unas vasijas allí colocadas. A un lado, cerca del conjunto sacro, se había dispuesto una pequeña plataforma formada con troncos y ramas, la pira que daría fin al ritual.
Al llegar a la cima, todos los asistentes dirigieron sus cuerpos y rostros hacia el occidente, por donde el sol ya comenzaba a ocultarse. Entonces, los tres Reyes, que seguían manteniendo sus mismas posiciones, alzaron sus manos y voces al cielo haciendo que sonaran al unísono.
―Divino ser de luz que representas el reflejo de la realidad que nosotros somos, te saludamos ―recitaron, tras lo que hicieron una venia.
Anyan observó cómo la muchacha dejaba caer su capa hasta el suelo, dejando al descubierto su cuerpo desnudo. Entonces, su hermano Griän y los otros dos hombres acompañaron a La Ofrecida hasta el altar, alzándola y ayudándola a tumbarse sobre él. Situaron su cabeza en uno de los vértices del triángulo y abrieron sus brazos y piernas levemente, siguiendo la inclinación de los lados de la figura. Fue al apartarse los tres jóvenes cuando los Reyes se acercaron, trasladando la efigie que ellos formaban al propio altar; Quyosh se colocó en el vértice donde reposaba la cabeza de la joven, mientras Korw y Günes lo hacían a sendos lados, cerca de sus brazos.
Otra mujer a la que tampoco se le veía el rostro al estar cubierta con una oscura capa, pero que Anyan sabía era Araw, se acercó a ellos. Haciendo una leve reverencia elevó sus manos hacia Quyosh, mostrándole la bandeja que portaba con tres dagas de oro en ella. El rey tomó una y la alzó con ambas manos, dirigida la punta hacia el cielo.
―Tú suministras vida a innumerables seres sobre la faz de la Tierra, tus rayos nutren las plantas y tu calor regenera nuestras vidas. Cuando tú respiras, es tu aliento de vida el que nos alimenta. Tú eres donador y abastecedor.
Entonces Araw se acercó a Korw repitiendo ambos el mismo ritual que había realizado Quyosh.
―Conocedor de la creación, inícianos en tus misterios. Ahora que somos moradores en un mundo de formas y fuegos de ilusión, te pedimos que traigas tus rayos a nosotros para que iluminen nuestros ojos y así podamos ver el esplendor de tu obra, a través de estos velos de ignorancia que nos rodean ―recitó el joven soberano con alta voz y sosteniendo también el puñal entre sus manos.
Por último, Günes asió la última daga y entonó de igual modo su salmo.
―Danos tu fortaleza y entendimiento para ejercer la correcta acción, juicio en los asuntos de nuestras vidas y así poder ver y sentir la verdad. Llegará el día en el que nos elevaremos entonando una nueva canción de inmortalidad, ataviados con tus prendas espirituales de luz, la que hasta ahora hemos visto solo en ti, pero que también veremos en nosotros mismos.
Dicho esto, los tres hombres voltearon las dagas entre sus dedos, orientando en lo alto sus puntas con siniestro brillo hacia la joven, quien vio la señal en ello para hablar.
―Yo estoy en ti y tú brillas en mí ―comenzó a decir con voz firme―. Con ardiente deseo me esfuerzo en reflejar tu luz en mi corazón. Como un compromiso mutuo yo te alimento de mi sangre…, tú me alimentas de la vida.
Y las tres dagas descendieron hacia ella de forma unánime, clavándose en su carne de manera fulminante. La muchacha recibió la muerte arqueando su espalda hacia el cielo, como una mujer que recibe deseosa a su amante, entregando sin temor ni pesar su ser y su sangre, que empezó a fluir al instante de sus heridas, a la vez que se disipaba por ellas su vida. El sagrado néctar comenzó a recorrer los canales labrados en la piedra… y cayó, espesa, en las vasijas.
Araw bordeó el altar, permitiendo que los soberanos depositaran las mortales armas en la bandeja, tras lo que se dirigieron a sus respectivas puntas, tomando cada uno un cuenco entre sus manos.
―Aliméntate a través de mí ―rezaron los tres soberanos a la vez, antes de llevar el recipiente a sus labios.
Sin ningún titubeo o dilación bebieron todo su contenido, tiñéndose sus bocas de carmesí con algunas gotas renuentes adheridas a su piel, y enrojeciendo sus mejillas con el fulgor del líquido caliente. Cuando volvieron a depositar las vasijas en sus lugares, se alejaron un poco, permitiendo que Griän, Cam y Antü cubrieran el cuerpo sin vida de la joven con una sábana color borgoña y la llevasen hacia la pira, colocándola allí y prendiéndola.
El fuego era una emanación del Sol, era su representante sobre la Tierra y consumiría el cuerpo de La Ofrecida, alimentándose ya no solo de su sangre, sino también de su carne.
―Que este fuego arda hasta que te halles saciado y nútrenos tú con tu protector abrazo, luminoso y cálido ―recitaron los tres Reyes dando así fin al Ritual.
Se dejaría arder la hoguera durante toda la noche para que al día siguiente se recogieran las cenizas y se esparcieran al alba, hacia el nuevo Sol.
Todos contemplaban  la hipnotizadora danza de las llamas cuando desde la tenue luz del ocaso, se escuchó a lo lejos un graznido que rompió la sinuosa melodía del fuego al crepitar. Todos se voltearon hacia el lugar de donde provenía aquel sonido y vieron en el anaranjado horizonte un punto negro que se iba aproximando a ellos, agrandándose, cada segundo un poco más. Entonces, Quyosh alzó su brazo, en el momento en el que aquella forma indefinida se transformaba en un cuervo y que fue a posarse sobre él, como si en su mano hubiera sostenido una especie de imán que lo atrajera. Un pequeño pergamino pendía de su pata. Quyosh alargó su brazo hacia Korw, acercándole el ave para que, con sumo cuidado, desatase la lazada que lo unía a su mensajero y lo desenrollase para él.
Conforme los ojos de Quyosh paseaban por el diminuto pliego, media sonrisa se esbozaba en sus labios. Levantó la mirada y tomó una bocanada de aire antes de hablar.
―Hermanos, la Sizigia entregó un hijo al Mundo. Debemos partir.


Capítulo 1





Gabrielle depositó el libro en la mesa de piedra del jardín para envolverse mejor en su capa, recostando su espalda en el banco. Era una mañana luminosa y despejada, que anunciaba el inminente fin del invierno, aunque los pocos días que faltaban para la llegada de la primavera parecían querer ofrecer batalla, pues se presentaban fríos, sin dejar penetrar los cálidos rayos de sol que danzaban impotentes al no poder alcanzar la tierra. Sin embargo, a Gabrielle no le desagradaba aquel frescor que golpeaba su cara, la reconfortaba de hecho, y se maravillaba al comprobar que la temperatura allí era mucho más agradable que en Asbath.
Nicholas le había explicado a qué se debía, en el nombre del reino estaba la respuesta. Las límpidas láminas de agua que adornaban el paisaje de su nuevo hogar atemperaban el clima. En verano absorbían parte del calor del sol refrescando el ambiente, mientras que en invierno los lagos les devolvían aquella tibieza que habían estado albergando en sus aguas durante la época estival. En sus numerosas visitas al reino, Jordan aseguraba que, a veces, era más agradable tomar un baño que estar a la intemperie.
Al pensar en su amigo volvió a invadirle la nostalgia, ya no solo por la vida en el que había sido su reino, sino por su presencia…, la de sus seres queridos. Días después de la boda de Jordan y Agatha, todos acudieron a Asbath. Nicholas quería rendir homenaje a aquellos guerreros que lo ayudaron a derrotar a Adamón y que aún no habían regresado a casa. Por fin lo harían y acompañados por sus Reyes, como testimonio de su agradecimiento.
Una vez allí, hubo mucho que celebrar. Se hizo una ceremonia simbólica para volver a coronar a Nicholas como Rey de Asbath y a Jordan como su Virrey, ratificando el nombramiento de Francis como Capitán de la Guardia. Gabrielle no pudo evitar sonreír al recordar a Selene, la hermana del muchacho, cuando se burló de él alegando que, finalmente, dejaría de ser el eterno sustituto de Jordan, tal y como él había predicho que diría, no obstante, era evidente lo orgullosa que se sentía de su hermano, y bien se lo hizo saber después al abrazarlo, reprimiendo contra su pecho un sollozo de alegría.
Gabrielle siempre creyó que eran el paradigma de la relación entre hermanos, en todo momento unidos, apoyándose y comprendiéndose. Selene era poco más de un año menor que él y, por eso, Francis se mostraba como su paladín protector. Pero ello no impedía que él se dejara cuidar y aconsejar por ella de modo maternal. Sus padres habían fallecido cuando eran muy pequeños, por lo que no era de extrañar que buscasen en su unión ese afecto que les había faltado, mas su conexión iba mucho más allá, confiando ciegamente el uno en el otro y conociéndose como si fueran uno mismo.
Gabrielle ni siquiera había visto ese tipo de vínculo entre Nicholas y Agatha, a pesar de ser mellizos. Por supuesto que Nicholas haría cualquier cosa por la felicidad de su hermana, algo que había quedado más que patente en su reacción al conocer su romance con Jordan. Pero pensaba que con Francis y Selene habría sido diferente, él se hubiera dado cuenta de todo desde un principio, si es que ella no se lo contaba antes. Era una muchacha muy dulce, inocente y franca, tal vez demasiado, alegaba Francis, pues en su ingenuidad a veces no alcanzaba a comprender que tanta sinceridad podía dejarla indefensa frente a las malas intenciones.
A Gabrielle le encantaba conversar con ella, ambas tan soñadoras como eran, de ahí que en el primer momento en el que estuvieron a solas, Selene no perdió la oportunidad para felicitarla por haber encontrado, finalmente, al "príncipe de sus sueños", suspirando por conocer ella al suyo y echándose ambas a reír.
La extrañaría mucho, como a todos. Era feliz en Los Lagos, por supuesto, estar junto a Nicholas era vivir inmersa en una continua dicha, pero había días que estaba muy ocupado con sus quehaceres y no siempre la dejaba ayudarle, alegando que no quería que se fatigasen ella y el niño. Sin embargo, no se sentía sola, aquella leve aflicción que a veces la sorprendía no era soledad, era añoranza…, nostalgia de aquel verano pasado todos juntos, en familia.
Terminadas las celebraciones en Asbath, Zayev, Ylva y su tío Richard decidieron volver a casa. Su viaje hacia Los Lagos había sido poco menos que inesperado y, sobre todo Richard, debía volver a retomar sus asuntos en Breslau. Su despedida de Claire fue muy emotiva, siendo comprensible, al tener que separarse de su hija y futuro nieto. Zayev les reiteró a todos la invitación a su matrimonio con Ylva, pidiéndole a Erick que fuera su padrino de bodas. Ciertamente la petición no sorprendió a nadie en vista de los lazos fraternales que habían surgido entre ambos hombres, como tampoco extrañó la condición que le puso Erick a su vez, que él fuera el padrino de su hija, empeñado como estaba en que sería una niña. Gabrielle volvió a sonreír al recordar la alegría de todos, pero se entristeció al pensar en la marcha de Claire.
Su separación de Jordan y Agatha bien sabía que sería corta. Jordan acudía a Los Lagos frecuentemente para poder poner las cosas en orden junto con Nicholas, y gobernar de forma justa ambos reinos. Agatha aprovechaba la ocasión para acompañarle y visitarlos. Lamentablemente a Claire no había vuelto a verla desde que se separaron.
Prometieron reunirse para la mitad del invierno, pero solo recibieron la visita de Gladys y Trystan, quien quería revisar a Gabrielle y asegurarse de que su embarazo iba bien, cosa que no estaba sucediendo con el de Claire. Había sufrido hemorragias, leves eso sí, pero existía el riesgo de que perdiera al bebé, así que debía guardar reposo. Su visita duró un par de días y se marcharon, pues Trystan no quería ausentarse demasiado tiempo de Meissen, por si Claire lo necesitaba.
A Gabrielle le habría gustado ir a visitarla, pero Nicholas no lo creyó oportuno. Le preocupó las dificultades que estaba padeciendo Claire, no obstante, prefería que Gabrielle no hiciese un viaje tan largo. Por suerte, unas semanas atrás recibió una carta de su prima, diciéndole que se encontraba mucho mejor y que había vuelto a hacer vida normal, aunque de igual modo debía cuidarse.
Suspiró palpando su vientre. En pocas semanas vería el rostro de su hijo y la emoción la embargaba al pensar en ese día. Notó cómo se movía en su interior, era una sensación maravillosa el sentirlo crecer cada día dentro de ella, pero esa mañana estaba bastante inquieto. Gabrielle comenzó a acariciar su abultado vientre mientras cerraba los ojos susurrando una nana. Normalmente, en las ocasiones en que lo notaba más nervioso, eso era suficiente para calmarlo, pero ahora parecía estar bastante molesto, porque no funcionaba.
―¿Qué haces aquí tan sola, amor? ―escuchó de repente la voz de Nicholas a su lado.
Gabrielle lanzó un quejido como respuesta, dibujándose una mueca de dolor en su rostro.
―Si haces enfadar a tu hijo, pago yo las consecuencias ―le apuntó ella―. Piensa que lo ignoras al afirmar que estoy sola ―le aclaró al ver su semblante confuso.
―¿Está despierto? ―quiso saber mientras se sentaba a su lado.
―Y bastante nervioso ―agregó ella preocupada.
―Veamos ―dijo, indicándole con un gesto que apartara sus manos.
Nicholas posó entonces las suyas en su vientre y Gabrielle dejó escapar un suspiro de alivio. La sensación de calma y sosiego que la invadían cada vez que lo hacía aún la sorprendía y lo mismo debía sentir el bebé, pues se detenía al instante. Lo reconocía por su simple tacto, ni siquiera le hacía falta escuchar su voz, aunque Nicholas acostumbraba a hablarle mientras Gabrielle lo observaba encandilada.
―Cálmate o le harás daño a madre ―le decía en ese momento y, como si de un conjuro se tratase, el niño dejó de removerse.
―¿Mejor? ―le preguntó Nicholas a Gabrielle.
Gabrielle asintió con los ojos cerrados, apoyando su cabeza en el hombro de su esposo.
―Quizás deberías recostarte un poco ―le sugirió él.
―Estoy bien ―negó con la cabeza―. Tal vez no le ha gustado el desayuno o, simplemente, ha amanecido de mal humor.
―No puede ser que tenga mal carácter con los padres tan risueños y afables que tiene ―bromeó Nicholas y sintió al segundo cómo palpitaba con fuerza el abdomen de Gabrielle.
―Definitivamente está de mal humor ―hizo ella una mueca.
Entonces Nicholas acercó su mejilla apoyándola en su vientre mientras acariciaba la zona donde le había dado la patada.
―Tranquilo, pequeño ―le susurraba.
Gabrielle volvió a respirar pausadamente, relajándose.
―Tal vez está enfadado porque aún no hemos escogido su nombre ―sugirió Nicholas.
―No es eso y lo sabes ―alegó ella enredando sus dedos en las suaves ondas de su cabello rubio―. Él mismo me dará su nombre cuando nazca.
Muy despacio, Nicholas apartó el rostro y manos de su cuerpo, irguiéndose.
―Creo que ha vuelto a dormirse ―repuso mientras rodeaba los hombros de Gabrielle con su brazo, acercándola a él. Con la otra mano tomó su mejilla y buscó sus labios con los suyos, besándola con dulzura.
―Hola ―musitó apartándose de ella.
―Hola ―le lanzó una sonrisa.
―Siento haber tardado tanto ―se disculpó él―. Quería leer ese informe lo antes posible.
―¿Cómo le está yendo a Jordan? ―se interesó ella.
―Está haciendo un trabajo formidable con el tema de las recaudaciones ―le explicó.
―Entonces, ¿qué te preocupa? ―indagó, conociendo bien el semblante de su esposo y alisando con su dedo índice la línea que se le marcaba en el entrecejo.
―El abuso de poder por parte de algunos señores feudales ―le dijo.
No era un tema que le agradase tratar con ella, pero Gabrielle le había hecho comprender después de lo sucedido con Balkar que era lo mejor no mantenerla al margen, por lo que concordó en no eludir ningún asunto, por mucho que a él le contrariase hacerlo.
―Quizás los mismos alguaciles que se ocupan del tema de la recaudación podrían encargarse de ello en tu nombre ―le sugirió ella.
―Eso mismo me ha propuesto Jordan ―añadió Nicholas―. Aunque temo que acabarán convirtiéndose en verdaderos litigios, por lo que necesitamos mandar a hombres que estén bien preparados sobre nuestras leyes. Hay Señores en Los Lagos que aún creen que su simple nombre les otorga todo tipo de privilegios.
―La justicia es la única solución en esos casos ―recitó ella―. Como buen rey que eres, seguro que sabrás impartirla.
―Gracias por la confianza, mi reina ―besó él su nariz―. Pero no nos preocupemos por eso ahora ―le pidió él―. ¿Qué quieres hacer hoy?
―Estaba pensando que aún no hemos hecho aquella excursión por los lagos que me prometiste una vez ―propuso con mirada traviesa.
―¿Y tú me consideras buen rey? ―apuntó él―. Parece que no he sido capaz de cumplir con mi principal obligación.
―No era un reproche, Nicholas ―acarició ella su rostro al tornarse su mirada sombría.
―Debería serlo ―se lamentó él.
―No es fácil gobernar un reino, mucho menos dos ―agregó mostrándose comprensiva.
―Tú y mi hijo sois lo más importante para mí, y no creo estar demostrándolo como es debido.
―¿Crees que me sentiría más satisfecha si no te separases de mí en todo el día, y que  nuestros reinos se derrumbasen por la falta de atención y dedicación de su soberano?
Nicholas la atrajo hacia su pecho abrazándola con ternura.
―En verdad no sé qué he hecho para merecerte ―le susurró.
―¿Y para merecerte yo a ti? ―preguntó ella en cambio.
―Amarme como lo haces ―afirmó él.
―Del mismo modo que me amas tú a mí, ¿no? ―alegó con rotundidad.
―Tanto que a veces no sé qué hacer para que lo comprendas.
―Pues, por lo pronto, puedes llevarme a dar ese paseo ―bromeó ella.
―¿Te sientes con fuerzas? ―se inquietó él.
Gabrielle se levantó del banco animosamente como respuesta.
―Está bien ―aceptó Nicholas irguiéndose a su vez―. Aunque en esta ocasión, creo que deberíamos obviar la idea tuya de compartir montura. Podría ser peligroso para el niño que cabalgaras.
―Es increíble que aún te acuerdes de aquello ―se mordió el labio con timidez.
―Jamás lo olvidaría ―negó él.
―Nicholas... ―tomó ella sus manos al ver de pronto una sombra enturbiar su mirada.
―Por desgracia sí que hay cosas que quisiera y no puedo olvidar ―se lamentó él bajando su rostro.
―Eso pasó hace mucho tiempo ―llevó una de sus manos a su mejilla―. Y en parte fue culpa mía por no confiar en ti y sacar mis propias conclusiones. No hablemos de eso, por favor ―añadió al ver su intención de discrepar―. Disfrutemos de este día, juntos.
Nicholas suspiró hondo.
―Muy bien ―aceptó entonces con tono más optimista―. Le pediré a algún muchacho que nos prepare la calesa, así yo puedo manejar las riendas y tú observar el paisaje a mi lado.
 ―Mientras la alistan, puedo ir a la cocina a preparar algo para comer ―propuso ella, y Nicholas le lanzó una mirada de diversión―. Puedo manejarme en la cocina ―le recordó ―. He cocinado para ti cientos de veces.
―Y por eso voy a acompañarte ―la instó a caminar llevándola de la mano―. Quiero verte en plena tarea, debe ser fascinante ―le sonrió travieso.
―Fascinante no sé si será, pero lo que sí sé es que a las muchachas les dará un ataque al verte allí ―exclamó Gabrielle provocando la risa de ambos.
Abandonaron el jardín y accedieron al patio de servicio esperando encontrarse a alguien de camino a la cocina, hallaron a Bruc, quien salía de ella.
―Buenos días, Bruc ―se apresuró a saludarlo Gabrielle.
―Buenos días, Majestades ―se inclinó él levemente.
―¿Ivette ya ha terminado sus clases? ―quiso saber ella.
―Sí, Majestad. Acabo de dejarla en la cocina ―le indicó.
―Necesito un favor ―le comentó Nicholas entonces―. ¿Po-drías pedirle a algún mozo que nos prepare la calesa? Queremos dar un paseo.
―Por supuesto, Majestad ―se apresuró a obedecer.
―Vamos ―tiró Gabrielle de Nicholas, apremiándolo, quien se maravillaba del ánimo de su esposa. Con lo avanzado de su embarazo debería sentirse pesada, incluso torpe, pero su impetuosidad era la misma de siempre.
Al entrar por la puerta trasera de la cocina, sorprendieron a Erin y Ivette sentadas a la mesa, departiendo alegremente mientras desenvainaban legumbres para la comida. Al voltearse a mirar quién había entrado, sus rostros alarmados ilustraron el respingo de ambas doncellas, que soltaron las vainas y se levantaron de súbito, inclinándose confusas.
―Te lo dije ―miró Gabrielle a Nicholas de reojo.
―No era mi intención importunaros ―se disculpó Nicholas.
―Eso es innecesario, Majestad ―disintió Ivette―. Disculpad nuestra reacción, no os esperábamos.
―Queremos algunos alimentos para nuestro paseo ―les explicó Gabrielle mientras se dirigía a la alacena.
―Sentaos, Majestad ―le cedió Erin su silla a Nicholas, acudiendo a ayudar a Gabrielle.
―¿Queréis un té de hierbas? ―le ofreció Ivette.
―Sí, gracias. ¿Qué tal las clases con los pequeños? ―se interesó Nicholas, mientras la muchacha le alcanzaba una jarra de greda para llenarla de agua hirviendo.
―Muy bien, aprenden muy rápido y...
El estruendoso estallido de una fuente contra el suelo los alertó a ambos, quienes dirigieron su mirada hacia el lugar de donde ve-nía aquel sonido.
―¡Gabrielle! ―gritó Nicholas levantándose al instante al verla encogida contra la puerta de la alacena, con sus manos rodeando su vientre y el rictus convulsionado de dolor―. ¿Qué tienes? ―La sostuvo contra su pecho. La joven apenas podía respirar.
―¡Majestad, habéis roto aguas! ―exclamó Erin señalando un charco en el suelo.
―Eso es imposible ―negó Nicholas escéptico―. Aún faltan varias semanas para que el niño nazca.
Entonces Gabrielle volvió a encogerse contra Nicholas lanzando un quejido ahogado, apretándose el abdomen.
―Creo que es tu hijo quien decide eso ―resopló ella―. Y ha decidido que sea ya.
―Hay que llevarla a la recámara ―propuso Ivette―. Prepararé más agua caliente.
Sin dudarlo un segundo Nicholas, con el rostro crispado, la tomó en brazos para encaminarse a su habitación, seguido de Erin.
―Necesitaría que me contagiaras de tu calma ahora ―le pidió Gabrielle reprimiendo una mueca de dolor.
―Tranquila, todo saldrá bien ―dijo más para sí que para ella, pues él mismo necesitaba hacer acopio de toda su calma. Su hijo iba a nacer ya y no estaban preparados para ello. Trystan había prometido acudir en las próximas dos semanas para estar presente en el caso de que el niño se adelantara, pero se había anticipado más de lo previsto.
Depositándola en la cama, Gabrielle volvió a encogerse al arremeter otra contracción.
―Hay que ir en busca de una partera ―sugirió Nicholas―. En alguna aldea cercana debe haber una.
―Los dolores son muy seguidos, demasiado ―sacudió Erin la cabeza―. No creo que llegue a tiempo.
―En cualquier caso, que vaya alguien en su busca.
―Se lo diré a Nigel ―acordó ella retirándose de la habitación―. Y vendré enseguida con el agua.
Nicholas se sentó cerca de Gabrielle, quien buscaba su mano, aferrándola con fuerza al encontrarla. En su frente comenzaban a agolparse gotas de sudor que resbalaban, entremezclándose con las lágrimas que escapaban de sus ojos a causa del dolor.
―Tranquila ―susurró él pausadamente, retirando los mechones de cabello húmedo de su rostro.
―Tengo miedo, Nicholas ―musitó ella con voz ahogada.
―Todo va a salir bien ―quiso asegurarle él.
De pronto, Gabrielle cerró los ojos apretando su mano con fuerza, encogiéndose contra su vientre y conteniendo la respiración mientras una aguda punzada la traspasaba y, después de lo que le parecieron segundos eternos, se derrumbó en la cama.
―Respira ―la animó él acariciando su frente―. Despacio.
―Nicholas...
―Mírame, Gabrielle ―le pidió obedeciendo ella―. Vamos a superar esto ―le aseguró con firmeza enjugando sus lágrimas―. No voy a permitir que os pase algo, a ti o al niño, ¿de acuerdo?
Gabrielle asintió repetidamente con la cabeza y de nuevo la atacó otra contracción, con más violencia que la vez anterior, pues no pudo reprimir un grito.
―¿Cuántas veces ha sucedido desde que me fui? ―preguntó Erin quien entraba en la recámara junto con Ivette, portando un caldero de agua caliente y paños limpios.
―Esta es la segunda ―respondió Nicholas.
―Bruc ha salido en busca de la partera ― le informó Ivette mientras depositaba el caldero en la cómoda y sacaba sábanas de los cajones―. Majestad, necesito revisaros ―se acercó entonces a Gabrielle.
―No os andéis ninguna con remilgos y formalidades ahora ―masculló Gabrielle luchando contra el dolor―. Haced lo que tengáis que hacer.
―Apoyad los pies en la cama y abrid las piernas ―titubeó la doncella alzando su vestido por encima de la cadera, descubriéndola―. Me temo que ya no hay tiempo para la partera.
Nicholas se levantó y comprobó por sí mismo a qué se refería Ivette. Atusándose el cabello nerviosamente, volvió a la cabecera de la cama y se arrodilló colocándose cerca del rostro de Gabrielle, para que pudiera mirarlo.
―Escúchame, Gabrielle. El bebé va a nacer ya...
―Pero...
―Cálmate ―le pidió, aún sabiendo que estaba aterrada―. Ya te dije que todo va a salir bien.
―¡Pero no puedo dar a luz sola! ―exclamó ella con temor.
―No estás sola, yo te ayudaré.
Gabrielle lanzó un grito al asaltarle otra contracción.
―¡No podré! ―chilló en medio del dolor, sujetando su abdomen entre sus manos, como si así pudiera impedir el inminente parto―. Tienes que buscar a alguien, Nicholas. El bebé...
―Le ayudaremos a nacer ―le aseguró―. Nunca lo hemos hecho, pero sabemos qué hay que hacer, ¿verdad? ―se dirigió a las doncellas en busca de apoyo, quienes asintieron, aunque inseguras.
―Nicholas...
―Ahora vas a calmarte, ¿de acuerdo? ―asió su rostro entre sus manos llamando su atención―. Vas a tratar de controlar la respiración y a empujar cuando yo te diga, ¿me has entendido?
―Tengo miedo ―repitió ella, sin creer todavía cómo se había precipitado el nacimiento.
―Te prometo que todo saldrá bien ―besó su frente―. Pero tienes que confiar en mí, ¿sí?
Gabrielle asintió entre lágrimas y Nicholas depositó un beso en sus labios.
―Te amo, Gabrielle ―le susurró separándose de ella.
Luego, con decisión, ocupó el lugar de Ivette, frente a las piernas de su esposa, colocando las manos en sus rodillas, por lo que la muchacha se apresuró a adelantarse y tomar la mano de Gabrielle, alentándola.
De repente, la habitación comenzó a oscurecerse.
―Quiero que respires y me avises cuando vuelva el dolor ―le dijo, ignorando aquella penumbra que empezaba a ser cada vez más intensa.
De pronto, Gabrielle lanzó un gemido y Nicholas se arrodilló frente a ella.
―Empuja, amor ―le pidió obedeciendo ella con un quejido―. ¡Maldita nube! ―exclamó entonces al hacerse la oscuridad cada vez más latente.
―No es una nube, Majestad ―se alarmó Erin corriendo hacia la ventana―. Es como si una luna negra empezara a tapar el sol.
―¿De qué demonios hablas? ―Se encogió un poco dirigiendo desde su posición la vista a la ventana―. ¿Pero qué...?
―¡Nicholas! ―gritó Gabrielle mientras la negrura se hacía cada vez más densa.
―Empuja otra vez mi amor, no tengas miedo, estoy aquí ―le habló―. Rápido Erin, ¡enciende velas!
―Majestad...
―¡Es un eclipse! ―le gritó exaltado―. ¡Se oscurecerá todo y necesito ver para recibir a mi hijo!
―Nicholas... ―murmuró Gabrielle, sintiéndose desfallecer.
―Lo estás haciendo muy bien ―la animó con voz más calmada ahora, mientras veía a la doncella colocar velas a su alrededor, con premura―. Respira y, cuando vuelva el dolor, quiero que empujes con todas tus fuerzas.
Erin estaba colocando un candelabro al lado de Nicholas cuando la noche cerrada inundó la habitación y el chillido de Gabrielle se alzaba en la habitación.
―Ahora, Gabrielle, ¡empuja! ―le pidió soltando sus rodillas y colocando las manos en la entrada de su cuerpo, por donde comenzaba a vislumbrar la cabeza del bebé―. Ya casi está, amor, empuja un poco más.
Gabrielle agarró las sábanas entre sus puños, notando cómo sus uñas se clavaban en las palmas de las manos, e irguió la cabeza, apretando los dientes y los párpados mientras un grito desgarraba su garganta y el dolor… sus entrañas. Empujó con toda la fuerza que pudo reunir su ya agotado cuerpo y notó a su hijo atravesándola, poco a poco, en un instante de sufrimiento que parecía no querer extinguirse y que lo hizo justo en el momento en el que Gabrielle creyó que no lo soportaría ni un segundo más, el mismo en el que Nicholas sentía sus manos llenarse con el cuerpecito de su hijo. Lo tomó ayudándole a salir de su madre,  y el bebé se puso a lloriquear al instante.
―¡Dios mío, Gabrielle, es precioso! ―exclamó sintiendo en su boca un sabor salado. Lloraba y apenas se había dado cuenta―. Tenías razón, es un niño.
―Quiero verlo ―gimió ella, casi sin aliento.
―Dame un segundo ―le pidió mientras Ivette y Erin se arrodillaban a su lado para ayudarle.
Extrajo una daga de su cincho y cortó el cordón que Erin anudaba. Mientras, Ivette lo limpiaba un poco de sangre con un paño y agua caliente, envolviéndolo con una sábana. Nicholas se levantó acunándolo un momento para calmar su llanto y caminó hacia la cabecera de la cama para entregárselo a Gabrielle, quien abría sus brazos, dejando que Nicholas lo colocara sobre su pecho. El bebé lanzó un pequeño suspiro en cuanto sintió el calor de su madre.
Paulatinamente, la luz comenzó a abrirse paso entre las sombras y Nicholas miró hacia la ventana con cierto asombro.
―Ilsïk ―susurró entonces Gabrielle.
―¿Cómo? ―preguntó Nicholas sin comprender sentándose frente a ella.
―Se llamará Ilsïk.
―¿Qué significa? ―indagó curioso acariciando su rostro.
―No lo sé, pero es lo que él quiere ―sonrió ella―. ¿No te gusta?
―Es perfecto, al igual que él… al igual que tú ―se inclinó sobre ella para besarla con ternura―. Gracias, Gabrielle.
―¿Ves que tiene el color de tu cabello y tu mentón? ―apuntó ella, alzando sus dedos para secarle las lágrimas.
―Pero yo tenía razón en lo del color de los ojos ―puntualizó él, sonriente.
―Es verdad ―afirmó Gabrielle mirando al pequeño―. ¿Qué hacéis ahí? ―preguntó de repente al ver a las doncellas observando la escena desde lejos.
―Venid aquí ―les pidió Nicholas―. Os agradezco infinitamente la ayuda.
―No hemos hecho nada, Majestad ―repuso Ivette, acercándose ambas a la cama.
―Este jovencito ha hecho todo el trabajo solo ―acercó Erin un dedo a la mano del bebé que lo tomó con un leve apretón―. Va a ser muy fuerte ―rio la doncella ante el gesto.
―Parece que ya no harán falta las velas ―comentó Nicholas al percatarse de que la mañana volvía a presentarse tan luminosa como antes y de un modo tan rápido como sorprendente.
―Me ha parecido que has dicho algo de un eclipse ―aventuró Gabrielle viéndolo apagarlas.
―Nuestro hijo ha decidido nacer en un momento un tanto especial ―se volvió a sentar frente a ella.
―Porque va a ser especial ―sentenció ella acariciando la espalda de Ilsïk, quien dormía plácidamente sobre el latido de su madre.



Capítulo 2





Se dice que la curiosidad es una cualidad característica de la juventud, al igual que las ansias de vivir y descubrir nuevos horizontes, y en aquel muchacho brillaban con deslumbrante fulgor. Empero, las enseñanzas de su Maestro le decían que aquello lo distanciaba del camino del altruismo y no podía dejarse llevar por sus anhelos personales.
Con gesto sombrío elevó la vista al cielo..., su necesidad de comprender le hacía morderse la lengua y así se lo hizo saber el anciano que lo observaba con aire divertido a su lado.
¿Qué te aflige tanto? le preguntó con conocimiento de causa.
Nada, Maestro titubeó el muchacho mientras revolvía el fuego de la hoguera con infructuoso disimulo.
Es peor la mentira que reconozcas lo que corroe tu mente le advirtió.
El muchacho enrojeció de vergüenza, pero se decidió a hablar.
Maestro, ¿quién gobierna la marcha del Sol y la Luna?
El anciano profirió una risa amortiguada, mas respondió a su inquietud.
Cuando crearon el mundo, los Dioses sembraron la bóveda celestial con chispas para iluminarlo, puntos de luz que brillaban constantemente a través de la obscuridad como estrellas relucientes. Las más luminosas de estas chispas, sin embargo, se reservaron para la forja del Sol y de la Luna, los cuales fueron colocados en bellos carros de oro para guiar al Día y la Noche.
Rápidos viajan el Sol y la Luna. Parecería que están asustados, y no apresurarían más su marcha si temiesen la muerte puntualizaba el joven al sabio anciano mientras este contemplaba el cielo estrellado, alarmado por lo rápido que se le escurría el tiempo de las manos.
No es extraño que vayan deprisa; cerca van quienes los persiguen… y no tienen más salida que escapar aseveró él.
¿Quién les causa tantas fatigas? inquirió curioso el joven.
Hay dos Sombras: Shabth, el señor de la repulsión que asusta y quiere coger al disco Sol, y su hermano Theth, señor del odio que corre tras la Luna para devorarla.
No quieran los Dioses que así sea exclamó con temor el muchacho.
Mas así habrá de ser declaró el viejo con seriedad. Desde los albores de la humanidad lo dicta la profecía.
¿Qué profecía es esa? quiso saber él.
La expresión del anciano se tornó grave y solemne mientras comenzaba su relato.
"Y dará el equilibrio que el mal siempre siga de cerca los pasos del bien con la intención de destruirlo, siendo el único objetivo de las bestias el alcanzar y tragarse a los brillantes objetos que persiguen, para que el mundo vuelva así a estar envuelto en su obscuridad inicial en que se sumía la vida y renacer desde sus cenizas.
Llegará el día en que ambos seres se aproximarán demasiado a sus presas, clavándoles sus fauces y la humanidad, aterrorizada ante un posible fin, provocará un estruendo tan ensordecedor que las Sombras, asustadas por el ruido, los soltarán de sus mandíbulas. Una vez libres de nuevo, el Sol y la Luna reanudarán sus caminos, huyendo con más rapidez que antes, perseguidos velozmente por los hambrientos monstruos a través de sus estelas, los cuales esperarán con ansia el momento en el que sus esfuerzos se verán recompensados.
El brillo que los señores del hastío robasen a ambas esferas celestiales con sus dentelladas, no será en vano. Unirán esos fragmentos en el día señalado, en la noche señalada: un día sin su noche y una noche sin su día; un único y fatuo momento de perfecta conjunción de ambos astros, rompiéndose por un mísero instante los designios que los fuerzan a no reunirse jamás.
Y de esa unión mística nacerá un niño, de carne y luz, brillante como el sol, enigmático como la luna, y los dos convivirán en él, sus esencias. Un estigma en su cuerpo lo marcará y será la prueba de su identidad, una efigie del momento en que verá el mundo y tomará como propio el nombre de ese encuentro mágico en cualquiera de sus formas paganas, para así ser reconocido por ellos.
Pronto se alzará hasta los cielos en un intento de volver a su cuna, hacia su Padre Sol y su Madre Luna, y ese ardid usarán los señores obscuros para cumplir con su misión, intrigando, engañándolo para ser guiados por él.
Entonces se dará un gran improperio, y es que Shabth se tragará al Sol y destruirá el elixir masculino de la Luz Divina, llorando todos los hombres por lo que les parecerá una gran calamidad. Tan inmersos estarán en su desgracia que no se percatarán de que Theth sorberá a la Luna y suprimirá el elixir femenino de esta misma Luz, extinguiéndola al anular las dos esencias que la formaban complementándose, y ya nada quedará...
Se cumplirá así la Profecía y el Eclipse será total, eterno, perpetuo. Y así llegará el Fin de los Días..."
―¿De nuevo con ese libro?
La voz de Ylva a su lado le hizo dar un respingo, cerrando el tomo de golpe.
―Desde el eclipse del otro día...
―Sizigia ―la corrigió Zayev.
―Sé perfectamente lo que fue ―puso Ylva sus brazos en jarra, discrepando―. Creo que conozco las fases de la luna tan bien como tú.
―Discúlpame ―colocó el libro sobre la mesa cercana y se levantó del butacón, tomando sus manos entre las suyas.
―No haces más que leerlo desde entonces ―le recordó ella más calmada―. Y no entiendo el motivo. No deberías prestarle atención, ni siquiera sé por qué está aquí, en la biblioteca.
―También lo tenemos en la nuestra ―apuntó Zayev.
―Pero no forma parte de nuestro legado ―negó ella con la cabeza―. No refleja nuestras costumbres o creencias.
―A veces, es interesante conocer la visión que tienen otros del Mundo.
―Hablas como mi hermano ―suspiró ella resignada.
―El Mundo es uno, pero cada quien lo ve desde diferentes perspectivas.
―Pues esa perspectiva en concreto me da escalofríos ―señaló ella el volumen.
―En eso concuerdo contigo ―besó sus nudillos―. No es muy esperanzadora que digamos, pero parece que hay quien cree en ella.
―Puede ser ―admitió Ylva a regañadientes y encogiéndose de hombros.
―Bueno, dejemos el tema ―acarició su mejilla―. ¿Para qué me buscabas?
―¿Y quién dijo que te estaba buscando? ―lo miró ella con simulado recelo.
―Tus ojos lo dicen―aseveró él, divertido.
―¿Ah, sí? ―se hizo la sorprendida.
―Aunque creo que hay quien lo está diciendo a gritos ―la miró, sugerente.
―Yo no oigo a nadie ―fingió desinterés.
―Pues yo sí, y escucho claramente lo que quiere de mí ―repuso acercándose con lentitud a ella―. Y, la verdad, le daré más que gustoso lo que me pide.
Consumió el poco espacio que había entre ellos y atrapó sus labios entre los suyos. Ylva dejó escapar un suspiro ante su impulso, que Zayev capturó, gimiendo su pecho al captar su aliento…, al degustar su sabor; jamás se saciaría de ella. Jugó con su boca recorriéndola con tortuosa lentitud, estudiando su silueta, su forma y reconociéndola en cada uno de sus roces. Su mente era capaz de evocar cada curva, cada pequeño surco que se dibujaba en aquellos labios carnosos que lo enloquecían, y el elixir que humedecía los suyos lo ataba a ellos, cautivándolo sin remisión. Y aquel aroma..., el tacto terso de su piel, sus finos dedos hilando las largas hebras de su cabello y el temblor de su delicado cuerpo al estrecharla él entre sus brazos..., toda ella... Con cada día que pasaba, rozaba de un modo más palpable los límites de la demencia, siendo semejante tesitura difícil de no traspasar. Se obligó a separarse de ella, reticente, y unió su frente a la suya, clamando por aliento y sosiego, tratando de controlar esa necesidad indomable que tenía de ella.
―Estas semanas se me están haciendo eternas ―musitó él.
―Ya falta poco ―susurró ella.
―Debería haber aguardado más tiempo en Dagmar ―suspiró él con pesar.
Ylva bajó su rostro, entristecida.
―Pero no soportaba ni un día más separado de ti ―agregó entonces y toda la tristeza de la muchacha se diluyó dando paso a una gran sonrisa.
Enredó los brazos en su cuello y acercó su boca a la suya, besándolo llena de emoción. Zayev rodeó su cintura con sus manos atrayéndola hacia él, perdiéndose de nuevo en la locura de sus labios.
―Así no me ayudas ―respiró en su boca.
Ylva consintió, apartándose de él mientras lanzaba una risita traviesa.
―En realidad venía a avisarte de que la cena está casi lista ―admitió ella.
Zayev lanzó una carcajada.
―Vamos, entonces. ―Tiró de su mano para que caminara junto a él, pero no habían dado ni un par de pasos cuando Cailen irrumpió en la biblioteca.
―Os estaba buscando.
―¿Ha pasado algo? ―se alarmó Ylva.
―Hemos recibido carta de Los Lagos ―negó con la cabeza, alargándole a Ylva un pliego que portaba en su mano―. Ha nacido el bebé de Gabrielle.
―¿Cuándo? ―preguntó ella sonriendo con alegría mientras posaba la vista rápidamente sobre las líneas de la misiva―. No lo vas a creer ―miró a Zayev asombrada―: Justo en el instante de la Sizigia.
Ylva apartó la vista del pliego y miró a los dos hombres, quienes compartían una mirada más que significativa.
―Es solo una casualidad ―trató de disuadirlos la joven―. Pueden haber nacido centenares de niños en todo el mundo en ese momento.
―Pues espera a escuchar su nombre ―replicó Cailen divertido.
―¿Cuál es? ―preguntó Zayev intrigado.
―Ilsïk ―concluyó Cailen.
Ambos miraron a la muchacha de modo inquisitorio y su escepticismo, irremediablemente, tocó a su fin, al igual que su alegato. Los acontecimientos eran, cuanto menos, abrumadores... hasta para ella.


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