Mi corazón en tus manos



PREMIO "Tres Plumas" a la mejor novela romántica histórica autopublicada 2013 - II Edición Premios Pasión por la Novela Romántica.



Cuando la Princesa Gabrielle descubre que debe casarse con el desconocido Rey Nicholas en busca de una alianza que proteja su Reino de los ataques invasivos del Rey Balkar, piensa que su vida se acaba de convertir en un infierno. Su querida prima, la Princesa Claire, decide acompañarla a conocer a su futuro esposo al Reino de Los Lagos, donde se encontrará con el Príncipe Erick, el primo del Rey, quien no puede evitar interesarse en ella sin saber que alguien más ha puesto sus ojos en Claire.

Pero ambas jóvenes no han realizado ese viaje solas. Dada la amenaza que pesa sobre el Reino de Asbath, Jordan, el guardia personal de la Princesa Gabrielle también las acompañará con la intención de protegerla. Aunque será él mismo quien deba protegerse de la atracción que despierta en él la Princesa Agatha, la hermana del Rey Nicholas, surgiendo entre ellos sentimientos encontrados a la vez que prohibidos.

Historias de amor tan distintas... aunque hiladas bajo un mismo designio:

Los inexorables dictados del corazón.

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Que los disfrutéis.





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Capítulo 1







Érase una vez… Así se supone que empiezan los cuentos de hadas. Sin embargo, para Gabrielle, mejor dicho, para la Princesa Gabrielle, su vida hacía unos días que había dejado de ser una fábula para convertirse en una pesadilla. Desde la ventana de su habitación, veía cómo las nubes viajaban por el firmamento hacia un destino desconocido, llevándose consigo sus sueños y fantasías. A lo lejos, rozando los Montes Bathara, asomaban nubarrones negros que amenazaban tormenta; el cielo lloraría con ella, acompañándola en su tristeza. Porque no sólo debía sobrellevar la pena de la muerte de su padre, el Rey Alexandre, sino que debía aceptar que, al saberse enfermo, hubiese jugado su última carta en un intento de mantener en pie su reino, sin tomar en cuenta que esa última baza era la vida de su única hija, su destino.

Hacía tiempo que el vecino Reino de Adamón amenazaba con iniciar una guerra para invadir sus tierras, así que creyó que una buena solución para evitarlo era procurar una alianza basada en lazos matrimoniales, e imposible por tanto de quebrantar, con el poderoso Rey Nicholas, soberano del Reino de Los Lagos. A pesar de su juventud, su futuro esposo tenía fama de buen gobernante y de ser un hombre generoso y carismático al que no le faltaba valentía. Y Alexandre decidió que era mil veces preferible dejar el reino en sus manos a que cayera en las garras del Rey Balkar, famoso por sus excesos y por no ser precisamente un hombre justo y de buenas acciones. Además, debía pensar en el futuro de su pequeña Gabrielle, con esa alegría y esas ganas de vivir que contagiaban a cualquiera a cinco millas a la redonda, pero tan ingenua e inocente a veces. De esa forma, pensó, tenía su futuro asegurado, dejándola al cuidado del que le parecía un buen hombre y, con esa prioridad en su mente, se apresuró a presentarse ante él, esperando que aceptase su propuesta.

El joven rey, además de poseer todas esas virtudes con las que lo describían, era sobradamente inteligente y sensato, así que no tardó en comprender las ventajas de esa alianza y aceptó la proposición del Rey Alexandre, llenándolo de alivio y felicidad. Sin embargo, fue más bien breve pues el viaje agravó su afección por lo que, desde el que sería ya su lecho de muerte, tuvo que informar a su dulce hija de la decisión que había tomado, por su propia cuenta, y sin advertírselo siquiera.

Gabrielle tuvo que hacer frente al mismo tiempo con la noticia de que su padre estaba gravemente enfermo y con la obligación de unirse en matrimonio lo antes posible con el Rey Nicholas, un auténtico desconocido, y teniéndose que enfrentar a la incertidumbre de lo que iba a ser su vida a partir de entonces.

Su madre, la Reina Eleonora, había muerto hacía algunos años a causa de su delicada salud, pero su padre aún era joven para encontrar otra esposa que le diera un heredero, aunque nunca tuviera prisa por hacerlo, como tampoco forzó a Gabrielle a pensar en el matrimonio. Tal vez por eso, el corazón de la joven siempre fue libre para soñar y deleitarse en la ilusión del primer romance, o imaginar su primer beso, el despertar de ese sentimiento tan bello llamado amor y que ahora parecía vetado para ella. Hacía pocos días que su padre había fallecido, y con su muerte se llevó esos sueños e ilusiones que ya no cabían en su corazón, dejando paso a esos nubarrones que amenazaban con descargar su tristeza sobre ella en cualquier momento. Una pequeña lágrima ya recorría su mejilla como presagio de lo que se avecinaba.

―Gabrielle, ¿ya has terminado de hacer el equipaje?

La voz de su prima Claire tras de sí la sobresaltó, pero decidió no voltear a mirarla, su mirada siguió fija en ese cielo ya encapotado pues no quería que la viera llorar… otra vez.

―Va a haber tormenta ―dijo Gabrielle, a modo de respuesta, sin decidir si se refería a la que venía acercándose por el Oeste o a la se abría paso en su corazón.

―Espero que sea pasajera. No me gustaría iniciar el viaje de mañana bajo la lluvia ―se quejó Claire mientras se acercaba a la ventana a comprobar por ella misma el desesperanzador panorama que se presentaba acompañando a esas oscuras nubes.

―Hay tormentas que son perpetuas ―respondió Gabrielle.

―Nada dura eternamente, Gabrielle ―le rebatió su prima, posando su mano sobre su hombro en un gesto alentador―. Suelen decir que detrás de la tormenta, siempre viene la calma ―añadió.

Gabrielle no respondió, sabía cómo seguiría la conversación. Quizá ignorándola la evadiría, pero Claire no iba a ponérselo fácil.

―Debes sobreponerte, prima. ―Parecía más un ruego que una petición.

Gabrielle inhaló lentamente, preparándose para escuchar de nuevo el discurso con el que Claire, con la mejor de las intenciones, trataba de levantarle el ánimo. Nunca lo conseguía, seguramente esta vez no sería diferente.

―Piensa en que vas a ser reina ―continuó Claire, y esa afirmación tomó por sorpresa a Gabrielle. ¿A dónde quería llegar con eso?

―Sabes que nunca me han importado los lujos, que me gusten los vestidos bonitos no significa que sea una frívola ―respondió Gabrielle levantando el tono de su voz y dirigiendo su mirada a su prima por primera vez desde que entrase a su habitación. No era posible que creyera eso de ella.

―Sabes que nunca pensaría así sobre ti, jamás podría llamarte frívola siendo tan generosa, desinteresada y de buen corazón como lo eres tú ―se defendió Claire.

―Entonces no entiendo a qué te refieres ―contestó calmando de nuevo el tono de su voz y tornando sus ojos de nuevo al oscurecido cielo.

―Me refiero a que está claro que tu vida va a cambiar por completo. Sé que te aguarda un futuro incierto al lado de un hombre al que no conoces, al que no amas y que tampoco te ama a ti. Y sé que es una realidad dura pero no te queda más que esperar y… ver qué sucede.

Gabrielle no dijo nada, así que Claire se animó a seguir.

―Sin embargo, Gabrielle, de lo que sí estamos seguras es de que muy pronto te convertirás en reina y eso conlleva una gran responsabilidad. Vas a tener que esforzarte para llevar a cabo una ardua labor y has de realizarla lo mejor posible por el bien del pueblo. Por eso debes sobreponerte y cumplir con tu deber y reinar al lado de tu esposo de una manera justa y benevolente, como debe ser. ―Se acercó a la cama para tomar asiento―. Quién sabe, Gabrielle, quizás tus esperanzas no están del todo perdidas. Todo el mundo que conoce al Rey Nicholas lo describe como un buen hombre, honrado a pesar de su condición y su reino es cada vez más próspero debido a su buena estrategia como gobernante. No se le conoce ningún tipo de escándalo o falta por la que deba ser tomado en mala consideración, además de que dicen las malas lenguas que es muy apuesto ―concluyó Claire con una sonrisa traviesa.

―Claire, por favor ―le reprendió Gabrielle girándose hacia ella con un mohín en los labios.

―Vamos, Gabrielle ―le cortó su prima―. Sólo digo que le des tiempo al tiempo, el amor de repente nos puede ofrecer caminos insospechados que recorrer. Además, por todos es sabido que, en ocasiones, los matrimonios concertados dan gratas sorpresas ―afirmó esta vez con una leve risita.

―Tú puedes decir eso porque no te vas a casar con un desconocido. Te vas a casar enamorada y con alguien que te corresponde, porque estoy segura de que, el día menos pensado, el Príncipe Zayev le pide tu mano a tu padre ―le reclamó Gabrielle.

―Yo no estoy enamorada del Príncipe Zayev ―le rectificó ella.

―Pero él sí lo está de ti, y no me puedes negar que te gusta, ¿verdad? ―La miró con ojos inquisidores.

―Es de ti y no de mí de quien hablamos ―se defendió ella―. No puedes cerrarte en banda y darlo todo por perdido así, a priori. Por todos los Dioses, Gabrielle, ¡ni siquiera lo conoces! Al menos date la oportunidad de conocerlo y de que él te conozca a ti. Y deja ya a un lado ese prejuicio al que te estás aferrando, y que desde luego no es propio de ti, porque lo más probable es que te equivoques y, conociéndote, sé que lo lamentarás.

Gabrielle no le contestó, se limitó a darse la vuelta y perder de nuevo su mirada en el horizonte. Claire sabía que, así, daba por finalizada la conversación, aunque esperaba que al menos considerara sus palabras.

―Voy a hablar con Jordan. Quiero ver si está todo listo para partir mañana ―le informó Claire rompiendo el mutismo que se alzó en la estancia, tras lo que decidió retirarse.

Se le hacían raros e incómodos esos silencios entre ellas. Si algo caracterizaba a Gabrielle no era precisamente el que fuera una joven callada y tranquila, al contrario, era un torbellino de alegría que arrollaba toda la tristeza a su paso. “Así ha sido, hasta ahora”, pensó con pesar.

Nada más salir de los aposentos de su prima se encontró con Jordan, el siempre fiel y dispuesto guardián de Gabrielle. Sólo era algunos años mayor que ellas, creía recordar que rozaba la treintena, pero su aspecto fuerte y fornido, inspiraba respeto, hasta cierto temor. Era de facciones agradables pero marcadas, con ojos oscuros al igual que su cabello, que le llegaba casi a los hombros con cierto descuido. Sin embargo, su apariencia dura no correspondía en absoluto con su personalidad pues era un hombre entrañable y de buen carácter. Siempre se mostraba afable y educado con todos, pero además, era muy sobreprotector en lo que respectaba a Gabrielle; más allá de su deber para con ella, estaba el gran cariño que le tenía, mejor dicho, que se tenían porque, si bien era cierto que el estatus y las normas dejaban unos límites claramente establecidos en la relación entre la nobleza y la guardia, el carácter despreocupado de Gabrielle pasaba por encima de todo eso y pronto pasó a considerar a Jordan como el hermano mayor que nunca tuvo. Para Jordan, por su parte, fue difícil el evitar ser conquistado por la simpatía y el entusiasmo de Gabrielle, a la que quería como si fuera una hermana aunque, por supuesto, sin faltarle jamás el respeto o a su confianza.

―Jordan ―lo llamó mientras se acercaba a él.

―Decidme, Alteza ―contestó cuadrándose ante ella a modo de saludo.

―Sólo quería saber si está todo listo para poder partir mañana ―preguntó.

―Está todo preparado, Alteza, a falta, únicamente de vuestro equipaje y el de la Princesa Gabrielle. Saldremos al despuntar el alba ―le informó él.

―De acuerdo, voy a terminar de prepararme. En cuanto al de la princesa, por favor, llama a sus doncellas para que vengan a ayudarme. Yo misma me encargaré.

―Con todos mis respetos, Alteza, es una suerte que estéis en estos momentos al lado de la princesa ―le dijo Jordan con agradecimiento.

―Es lo menos que podía hacer por mi querida prima ―le respondió―. Sólo espero que este arrebato de pena y melancolía la abandone pronto.

―Todos en el castillo echamos de menos su risa y su alegría, Alteza ―le confesó él con tristeza.

Claire no pudo menos que sonreír ante eso. Gabrielle se ganaba el corazón de cualquiera con una de sus sonrisas. Esperaba que en su nuevo hogar todos llegasen a quererla del mismo modo. No podía ser de otra manera.

―Cumpliré vuestras órdenes inmediatamente ―dijo el guardia, recuperando de nuevo la compostura.

―Gracias, Jordan ―concluyó ella, para dirigirse hacia sus aposentos, mientras recordaba la conversación que acababa de tener con su prima.

Sabía que en cierto modo Gabrielle tenía razón; ella no estaba en la mejor situación para dar ese tipo de consejos pues era muy poco probable que tuviera que enfrentarse a un matrimonio con un desconocido. El Príncipe Zayev era el príncipe heredero del Reino de Dagmar, uno de los Territorios Gealach, al otro lado de los Picos de la Media Luna, que servían de frontera con su reino, y aunque nunca se había hecho oficial su compromiso con él, el padre del joven, el Rey Lyal, y el de Claire, el Rey Richard, eran grandes amigos y prácticamente daban por sentado la unión entre sus hijos.

A Claire no le desagradaba la idea, aunque no creía estar enamorada de él, o por lo menos, lo que sentía no era lo que expresaban sus libros cuando hablaban del amor. Pero tenía que reconocer que le gustaba, le agradaba su compañía; era un hombre amable y divertido y siempre era muy respetuoso con ella. Quizá no le amaba pero creía que podría ser feliz junto a él y aprender a quererlo con el tiempo.

Sin duda alguna, su situación era preferible a la de su prima, pero seguía convencida de que Gabrielle estaba llevándolo al extremo. Ella tampoco conocía al Rey Nicholas, pero toda la nobleza a la que conocía hablaba muy bien de él. Todos coincidían en que era un rey de carácter serio y fuerte, con carisma y valentía, pero además era un hombre culto y de buen corazón. No eran en absoluto malas cualidades para un rey y menos para un hombre. Quizás su corazón de soberano estaba endurecido por el difícil rol que supone gobernar; un rey no podía mostrar debilidad, pero quizás, su corazón de hombre sería más fácil de conquistar por un alma tan pura como la de Gabrielle, aunque para ello, debía dejar de lado ese halo de tristeza que la envolvía y abrirle su corazón.

“Quién sabe, quizás él lo consiga y esta mujer tan tozuda vuelva a sonreír”, pensó mientras entraba a su habitación para terminar de preparar sus cosas.

Tal vez le hubiera tranquilizado saber que, en ese preciso momento, alguien más se preocupaba por el futuro de la joven pareja. Más allá de los Montes Aunin, en la torre más alta de un hermoso y vasto castillo, un joven príncipe miraba con asombro y una pizca de diversión como otro hombre caminaba nerviosamente por la habitación, una y otra vez, siempre siguiendo la misma pauta, con sus manos en la espalda y sin levantar la mirada del suelo, como si en esa danza frenética pudiera encontrar el bálsamo que calmase su agitado estado de ánimo.

―Nicholas, vas a desgastar las baldosas como sigas así ―dijo desde su butaca, reprimiendo la risa que luchaba por salir de su garganta―, y no creo que dibujar un surco en el suelo te ayude.

―Tú tampoco me estás ayudando en nada ―le reclamó secamente su primo, cesando su deambular para mirarlo de frente con el ceño fruncido por la inquietud, y que pronto se tornó en remordimiento―. Lo siento mucho, Erick, estoy un poco tenso ―se disculpó mientras se pasaba la mano por su largo cabello rubio.

―¿Un poco tenso? ―se mofó dejando escapar la risa que por fin se abría paso―. Nicholas, jamás te había visto tan angustiado como esta noche, ni siquiera antes de la peor de las batallas. ¿Dónde están la calma y el temple que siempre te acompañan? Tú, que siempre te muestras tan sosegado, con nervios de acero... De verdad, primo, perdóname, pero no creí que llegaría el día en el que algo te sacara de tus casillas de esta forma. Es que no te reconozco ―dijo riéndose de nuevo.

―Y por lo visto también te parezco divertido ―exclamó con una mueca mientras se cruzaba de brazos.

―Discúlpame ―le pidió con tono más serio esta vez, inclinándose ligeramente hacia adelante, mostrándole que tenía toda su atención. Pues, hasta cierto punto, era sorprendente y hasta gracioso ver a Nicholas en tal estado de ansiedad pero, no podía olvidar que necesitaba su apoyo―. Es que no acabo de comprender cuál es el motivo real de tal desasosiego.

Nicholas respiró hondo en un intento de calmar un poco sus descontrolados nervios y caminó hacia el ventanal para sentarse en el alféizar; era estúpido guardar las formas ante su propio primo.

―Cuando el Rey Alexandre vino a proponerme la alianza entre nuestros reinos ―comenzó a contarle―, inmediatamente vi grandes ventajas, difíciles de obviar como para no aceptarla. Es un gran reino, puede que no tan próspero como este y con algunos problemas internos de mal manejo de impuestos y de influencias, pero nada que un gobierno duro y firme no pueda solucionar. A pesar de ganarnos un enemigo como el Rey Balkar, tiene un gran ejército que, unido al nuestro, nos haría casi invencibles en cualquier enfrentamiento. En resumen, era un trato ventajoso al que nadie medianamente inteligente se negaría y mi única parte del trato a cumplir era tomar a su hija en matrimonio.

En vista de que Nicholas no continuaba su discurso, Erick comprendió que en ese último aspecto era donde residía el mayor problema. Ya que había empezado a hablar, iba a llegar al fondo del asunto en ese mismo momento, aunque tuviera que sonsacarle la información a modo de interrogatorio.

―¿Tu problema es el matrimonio? ―le preguntó finalmente.

―No, mi problema es “este” matrimonio ―le indicó, pudiendo ver la confusión en el rostro de Erick, por lo que prosiguió―. Sabes que nunca he tenido interés ni por el romance, ni por perseguir mujeres y mucho menos por conseguir esposa ―le recordó―. Consideraba que aún quedaba mucho tiempo como para planteármelo siquiera. En los años que llevo reinando sólo me he preocupado de volver a componer este reino que, por desgracia, mi padre había dejado tan maltrecho, y he centrado todos mis esfuerzos en intentar gobernar con severidad, pero con benevolencia y justicia, no dejando ninguna de mis acciones al azar, siempre siguiendo un plan establecido, unas pautas, una estrategia. Sabes que siempre me ha gustado controlar la situación con todas sus posibilidades, sin dejar nada por estudiar o considerar.

―No entiendo a dónde quieres llegar, Nicholas ―le interrumpió su primo.

―Ese es el problema, Erick ―exclamó mientras bajaba del alféizar para volver de nuevo a su peregrinaje sin destino a lo largo de la habitación, y la confusión de Erick se hizo mayor si cabe―. No sé a dónde voy a llegar con este matrimonio, qué es lo que me espera, qué me deparará el futuro. Siento que, de repente, no sé cómo debo actuar, qué debo hacer para que esto funcione. No es una batalla con guardias y órdenes que dar para ganar una guerra. Sólo somos dos completos desconocidos que, de un día para otro, se van a convertir en marido y mujer, y con el hecho de gobernar nuestros reinos como único punto en común.

―Eso no lo puedes saber porque, como bien has dicho, aún no la conoces ―le corrigió Erick―. Aunque yo tampoco tengo el gusto ―añadió―, he oído decir que es una joven virtuosa, muy generosa y de buen corazón. Y además, tengo entendido que es una mujer muy hermosa y que su belleza sólo queda igualada por su alegría y encanto.

―Eso es lo que más me preocupa ―reconoció más para él que para su primo, a quien le pilló por sorpresa esa confesión. No consideraba a Nicholas superficial en absoluto, así que no entendía su afirmación.

―¿Crees que no te va a gustar? ―se atrevió finalmente a preguntarle, y Nicholas se limitó a devolverle una mueca de desacuerdo―. ¿Entonces? ―inquirió con impaciencia.

―Le temo más a que yo no le guste a ella ―aceptó muy a su pesar, arrepintiéndose inmediatamente de haberlo dicho en voz alta; quizás su primo lo tomaría como otra buena excusa para mofarse de él un poco más. Sin embargo, fue todo lo contrario.

Quizás nunca se lo había dicho, pero Erick admiraba profundamente a su primo, por muchísimas razones. Su madre, la Reina Johanne, había muerto a causa de una enfermedad de la que poco se sabía pero a la que nadie pudo darle remedio, ni siquiera Trystan, el padre de Erick, con todos sus conocimientos sobre las artes curativas. Y para una mayor impotencia y pesadumbre, no sólo perdió a su cuñada, sino a su hermano pues, al poco tiempo, la misma afección condujo hasta los brazos de la Diosa Xeira al Rey Theodore, el padre de Nicholas.

Aún con el dolor reciente a causa de la reciente perdida de sus progenitores, Nicholas fue coronado rey a la edad de veinte años. A pesar de su juventud, Nicholas afrontó su cargo con valentía y resolución, y aunque Theodore fue un buen hombre, no lo fue tanto su reinado, sumiendo aquel reino en un estado lamentable. Aún así, el arrojo de Nicholas era digno de admirar, al igual que su carisma y don de gentes, sin olvidar lo buen estratega que era y su excelente forma de gobernar, con la que había llevado a su pueblo y al reino nuevamente al máximo esplendor, razón por la que todos aclamaban.

Y si todo esto fuera poco, había que añadirle que era un hombre honrado y de buenos sentimientos, y en ese mismo momento le estaba dando prueba de ello pues se preocupaba más por el bienestar de una mujer a la que ni siquiera conocía que por el suyo propio.

―Nicholas, yo no entiendo de hombres, pero creo que no estás nada mal ―bromeó Erick tratando de poner una nota de humor al cariz tan serio que estaba tomando la conversación, y para su regocijo, tuvo el resultado que esperaba pues Nicholas rompió a reír.

―A veces eres incorregible. Estoy tratando de hablarte sobre mis inquietudes y tú lo tomas como un juego.

―Es que es muy posible que tú te lo estés tomando muy a pecho ―le aclaró―. Entiendo perfectamente tu preocupación; vas a iniciar una vida en común con alguien que no conoces, con una mujer con la que tal vez no tengas nada en común, quizás con un carácter totalmente incompatible al tuyo y, a lo mejor, sin que surja ningún tipo de atracción entre ambos.

―¿Lo ves? ¿Te haces cargo al fin de la envergadura de mi problema? ―dijo con alivio.

―¿Y tú te haces cargo de que no he hecho más que decir cosas como “tal vez”, “quizás” y “a lo mejor”? ―le rebatió Erick poniéndose en pie―. ¡Por los Dioses del Kratvah, Nicholas! Tú mismo lo has dicho. ¡Ni siquiera la conoces! ¿No crees que al menos por un momento podrías dejar de preocuparte por lo que pueda pasar? ¿Para qué regalarte noches de insomnio pensando en qué podrías hacer para que vuestro matrimonio funcione cuando a lo mejor, en cuanto os veáis por primera vez, os enamoráis irremediablemente el uno del otro?

―Erick… ―intentó reprenderle.

―No, Nicholas ―le cortó, tomándole por el brazo, obligándole a parar su transitar para que le prestase la máxima atención―. En el fondo, aunque ahora no quieras reconocerlo, sabes que tengo razón. Quizás me he excedido en lo del “amor a primera vista”, pero sabes perfectamente a lo que me refiero. Deja de intentar controlar la situación como acostumbras a hacer, porque esta vez no va a resultar como esperas. El corazón no entiende ni de estrategias ni de planificaciones y, aunque intentes dominar el tuyo, no tienes poder sobre el de ella. Lo siento, primo, pero me temo que te va a tocar jugar a un juego al que no estás acostumbrado.

―¿A cuál? ―le preguntó sin entender muy bien de qué le hablaba.

―Al de “dejarse llevar” ―le contestó dándole una palmada afectuosa en la espalda, y Nicholas agachó la mirada hacia sus pies, en señal de derrota―. Si esta noche eliges desvelarte de nuevo ―le dijo mientras se dirigía hacia la puerta de la habitación―, no sería mala idea que tomases en consideración lo que te acabo de decir. Aunque si aceptas un consejo ―añadió con una sonrisa pícara―, deberías tratar de descansar si quieres tener buen aspecto y causarle una buena impresión a tu prometida cuando llegue.

Erick salió riéndose de su propia ocurrencia, cerrando la puerta tras de sí rápidamente, antes de que le alcanzara el libro que su primo le lanzó.

Nicholas, por su parte, no pudo evitar sonreír. Tenía a Erick en gran estima a pesar de que su visión de las cosas no siempre coincidiera, como en ese caso. Sin embargo, nunca estaba de más ver el horizonte con otros ojos, pues, por desgracia, su visión estaba más que borrosa… Quizás la de su primo le otorgase un poco de luz.

Capítulo 2







Agatha avanzaba rápidamente por el corredor hacia los aposentos de su hermano. Aún faltaban algunas horas para que su futura cuñada llegase, pero tenía que estar todo dispuesto cuanto antes. A pesar de que era costumbre que existiese una gobernanta en el castillo, desde que su hermano accediese al trono casi diez años atrás, era ella quien se encargaba de supervisarlo todo. Desde un principio, supo que Nicholas no iba a precisar de su ayuda para hacer frente a sus responsabilidades como rey por lo que optó por ayudarlo de una forma más práctica: llevando el control sobre el funcionamiento del castillo. Jamás se había sentido como una simple ama de llaves, al contrario, tenía la libertad y el poder para manejar todo el castillo y su servidumbre tal y como ella consideraba oportuno, y nunca recibió una queja o reclamo por parte de su hermano. Siempre contaba con su apoyo a la hora de tomar decisiones y se mostraba agradecido de que le liberase de la responsabilidad de ocuparse de todo ese tipo de asuntos domésticos.

Por su parte, ella tampoco tenía motivos para estar disconforme. Por un lado, esta tarea la mantenía ocupada, no le resultaba nada atractiva la idea de una vida ociosa y despreocupada. Además siempre encontraba tiempo libre para dedicarlo a su ocupación favorita, la cría de caballos. Era perfectamente consciente de que ésta no era la afición propia de una “damisela” pues, según muchos, debería pasarse la vida bordando, paseando por el jardín o buscando esposo. Sin embargo, el qué dirán o la opinión de los demás no era algo suficiente como para que ella renunciase a su pasión. Se sentía orgullosa de que las cuadras reales contaran con los mejores y más hermosos ejemplares, gracias a su dedicación y cuidados diarios.

Cuando entró en la recámara, las doncellas hicieron una rápida reverencia, volviendo rápidamente a sus quehaceres, y ella dio una vuelta completa alrededor de la estancia para comprobar que todo estaba quedando perfecto, tal cual lo ordenó. Entonces, se dirigió a una pequeña puerta abierta que había al final de la habitación y que comunicaba con la recámara que iba a ser ocupada por la Princesa Gabrielle. En un principio, su hermano se mostró reticente ante la idea de que ocupasen la recámara matrimonial sin haber contraído nupcias primero. Sin embargo, Agatha le convenció de que era lo más lógico y práctico, y él no tuvo más que aceptar, esperando que su prometida opinase lo mismo.

Estaba a punto entrar a los aposentos de la princesa cuando vio aparecer por la puerta que daba al corredor a Nicholas, con un ramo de flores en la mano. Era un bouquet de rosas blancas con pequeñísimas violetas adornándolo, un arreglo hermoso y delicado.

―Qué flores tan bellas, ¿son para mí? ―preguntó divertida sabiendo cuál era la respuesta.

―Éstas en concreto no son para ti, pero creo que por aquí tengo algo más acorde con tu encanto ―respondió mientras sacaba un rosa roja que llevaba escondida bajo la capa y se la ofrecía.

―No me digas que entre los asuntos de estado, posibles invasiones y revisiones de impuestos encuentras tiempo para dedicarte a la jardinería. Puedo buscarte trabajo en la cocina si quieres ―bromeó mientras olía la flor que le acababa de entregar.

―¿Acaso no te gusta? ―le cuestionó sonriendo mientras colocaba el ramo en un pequeño jarrón, aunque su hermana se acercó para terminar de acomodarlo.

―A las mujeres nos suelen gustar este tipo de lindezas, eso es cierto ―afirmó con mirada cómplice.

―Espero que tengas razón ―suspiró él con preocupación.

―Deja ya de angustiarte tanto. Todo va a salir muy bien ―le aseguró―. Posiblemente estará agotada tras el viaje, pero podría apostar que el detalle de las flores no le pasará desapercibido, al contrario, le va a encantar ―concluyó tratando de animar a su hermano mientras él se lo agradecía con una sonrisa.

 Como si no fuera suficiente, Agatha le besó la mejilla, tras lo que abandonó la habitación para seguir con su tarea y asegurarse de que todo estaba preparado a tiempo.





Efectivamente, para Gabrielle, el viaje estaba resultando tedioso y extenuante. Claire se había pasado todo el trayecto leyendo uno de esos libros sobre los Antiguos que a ella le resultaban tan aburridos, así que el silencio reinaba en el carruaje. Seguramente, en otras circunstancias, la situación habría sido molesta y, más bien, poco probable entre ellas, pero en ese momento no le importaba en absoluto. Con su humor, no era buena compañía para nadie y, en realidad, se alegraba de que Claire así lo hubiera entendido.

Miró por enésima vez a través de la ventanilla. Los rosas y anaranjados estaban tiñendo ya el cielo del atardecer, que se fundía con el azul del lago que estaban bordeando en ese momento. Una cosa era cierta, los paisajes del que iba a ser su nuevo hogar eran incomparables. Entonces alzó la vista. La silueta de un gran castillo recortando el horizonte se presentó ante ella, y un escalofrío recorrió su espalda. El viaje estaba a punto de finalizar y con ello daba paso al inicio de otro viaje del que aún no conocía el rumbo y cuyo destino era del todo incierto.

Ya había oscurecido cuando atravesaron las murallas, por lo que sólo vio algunas caras curiosas observar su llegada a través de las ventanas de las casas que se agolpaban a ambos lados de la vía principal. Al cabo de unos minutos alcanzaron una amplia plaza y el carruaje se detuvo al pie de una escalinata que se elevaba ante el imponente castillo en cuya entrada principal pudo ver tres figuras flanqueadas por sendos guardias.

En medio se situaba un hombre alto y delgado, pero bien formado, con pose solemne aunque gallarda, el Rey Nicholas, supuso. No podía distinguir sus facciones pero su cabello era rubio y largo hasta más allá de los hombros y ligeramente ondulado. A su izquierda se encontraba otro hombre de cabello también largo aunque cobrizo, casi tan alto como él y de semejante complexión, aunque su actitud no parecía tan formal. Y, finalmente, a su derecha vio a una mujer, esbelta, de cabello rubio que caía en cascada hasta su cintura. A pesar de la distancia, su elegancia y distinción eran notorias.

Gabrielle tomó aire y fijó su vista en los escalones, recorriéndolos con lentitud y nerviosismo. Cuando llegaron a lo alto, escuchó la voz de Jordan mientras efectuaba las presentaciones pertinentes.

―Buenas noches, Majestad, Altezas ―dijo a la vez que se inclinaba―. Permitidme que os presente a sus Altezas, la Princesa Gabrielle y la Princesa Claire ―anunció señalando a cada una de ellas.

Gabrielle, cabizbaja aún, tomó delicadamente su vestido, para, al igual que su prima, inclinarse en una reverencia. Y aún no se incorporaba totalmente cuando sintió una mano tomando delicadamente la suya.

―Espero que hayáis tenido un buen viaje ―susurró Nicholas antes de bajar su rostro y posar levemente sus labios en la mano de la joven.

Fue un roce ligero, pero cálido, lo suficiente como para sacar a Gabrielle de su sopor y obligarle a alzar, por fin, la vista del suelo, hasta aquellos labios que besaban suavemente su mano. De repente, sintió cómo esa calidez se extendía desde sus dedos hacia todo su cuerpo, llenando de esa agradable y desconocida sensación todos los rincones de su ser, mientras el deseo de no dejar de sentir jamás el tacto de esos labios en su piel nacía incomprensible e irrefrenablemente en su corazón. Y cuando él levantó el rostro al incorporarse, los ojos de Gabrielle se toparon con una maravillosa y fascinante mirada color cielo que la dejó sin aliento... El mismo que perdió Nicholas al verse atravesado por la visión más hermosa que jamás hubiera podido imaginar, la de unos bellos ojos grises que lo miraban llenos de un extraño y tentador anhelo, y quedando irremediablemente prendido de ellos.

Era consciente de que estaba tardando demasiado en liberar la delicada mano de la joven y de que denotaba muy poco recato por su parte que mantuviese la mirada fija en el rostro de esa beldad cuya nívea piel contrastaba con aquel cabello oscuro como la noche. Mas, a modo de defensa diría que había quedado atrapado por el embrujo de aquellos ojos, dejando el resto de tener importancia para él. Sólo quedó la necesidad de perderse en ellos y no regresar hasta haber reconocido cada tonalidad plateada que recorría sus pupilas, hasta memorizar cada uno de esos reflejos violáceos que los adornaban y que los hacían más hermosos si eso era posible… Finalmente, y muy a su pesar, la voz de Erick lo sacó de su ensoñación, trayéndolo de vuelta a la realidad.

―Permitidme que me presente ―se dirigió a Claire introduciéndose él mismo, dado que Nicholas no parecía tener intención de hacerlo tan abstraído como estaba―. Soy el Príncipe Erick, primo de Su Majestad ―les informó mientras se inclinaba besando su mano.

―Sí ―afirmó Nicholas recuperando ya la compostura―, y ésta es mi hermana, la Princesa Agatha―, añadió mientras soltaba con reticencia la mano de Gabrielle.

Entonces, su hermana hizo una reverencia a la que ambas jóvenes respondieron de la misma forma.

―Imagino que estaréis agotadas después de un viaje tan largo ―supuso ella―. ¿Por qué mejor no entramos y os mostramos vuestros aposentos? ―indicó dirigiendo ya sus pasos al interior del castillo, justo para detenerse en la antesala―. Por favor, conducidlas a sus recámaras ―le pidió a su hermano y a su primo―. Yo le indicaré al muchacho dónde están las habitaciones de la guardia de paso que me dirijo a la cocina. Voy a ordenar que os preparen un buen baño y algún refrigerio para que lo toméis en vuestra habitación. Es muy tarde así que dejemos las formalidades para mañana ―dijo ahora con una mirada comprensiva hacia las princesas―. Espero que paséis una muy buena noche ―se despidió amablemente y, seguidamente, dirigió sus pasos a la cocina―. Muchacho, acompáñame ―le ordenó a Jordan secamente y sin mirarlo siquiera.

Los ojos sorprendidos de Jordan buscaron los de Gabrielle. Ella afirmó levemente con la cabeza, por lo que el guardia se limitó a inclinarse y desearles buenas noches a todos para, rápidamente, seguir los pasos de la Princesa Agatha que ya casi había llegado al final del corredor.

Tras eso, los cuatro se despidieron para hacer sus respectivos trayectos a sus habitaciones, que se encontraban en direcciones opuestas. Claire advirtió, justo antes de volverse hacia el corredor que conducía a sus aposentos, cómo Nicholas alzaba su mano demandando la de su prima para tomarla suavemente, instándola a caminar a su lado. Una sonrisa abordó sus labios ante esa imagen. Empezaba a sospechar que el recelo de Gabrielle era más que infundado, sobre todo, si tenía en cuenta la idílica escena que acababa de presenciar entre ellos dos hacía unos minutos. Nunca había visto una mirada tan intensa en unos simples desconocidos. Quizás, que Gabrielle encontrara la felicidad, no iba a ser tan difícil después de todo. La simple idea le hizo emitir una leve risita.

―¿Podría saber qué os complace tanto? ―preguntó Erick con curiosidad.

―Oh, no es nada ―mintió Claire.

―Parece ser que mi primo es todo un caballero ―le confió sonriendo, haciéndole ver que, en realidad, también él se había dado cuenta de ese pequeño detalle―. ¿Me permitís? ―preguntó divertido mientras alzaba su mano e imitaba el gesto de Nicholas de hacía un momento.

―Por supuesto, Alteza ―rió Claire mientras posaba su mano sobre la de Erick.

―Además, tengo la ligera sospecha de que todas nuestras preocupaciones van a quedar en nada ―le aseguró él y Claire se sorprendió ante tal afirmación―. ¿No estáis de acuerdo, Alteza? ―preguntó serio ante su asombro.

―Sí, no, no me malinterpretéis ―titubeó ella―. Es que precisamente estaba pensando lo mismo que vos ―le aclaró.

―Personalmente creo que es sólo cuestión de darle tiempo al tiempo ―afirmó Erick sonriendo.

―Y yo, Alteza, estoy completamente de acuerdo con vos, otra vez ―añadió con alivio, mientras reía tímidamente, ocultando su boca con el libro que portaba en su otra mano. No se percató hasta ese momento de que se había olvidado por completo de dejarlo en el equipaje de mano antes de bajar del carruaje. Pero entonces Erick alcanzó a ver el volumen y paró casi en seco al ver de cuál se trataba.

―¿Su Alteza está leyendo a Zhrustha? ―exclamó con una mezcla de asombro y admiración en su voz.

―Sí ―respondió mostrándole orgullosa el libro que era un obsequio de su padre―. ¿Por qué os sorprende tanto? ―preguntó ante su expresión escéptica.

―Disculpad mi asombro ―dijo mientras le pedía con un gesto que le dejase examinarlo, a lo que ella accedió.― Es que no creo que Zhrustha sea precisamente una lectura ligera y menos para una mujer tan joven como vos ―concluyó devolviéndole el tomo.

―¿Acaso por ser mujer no debo estar interesada en Los Sabios Antiguos? ―cuestionó sin saber muy bien si debía considerarlo una ofensa.

―No pretendo faltaros en modo alguno, Alteza ―le aclaró él rápidamente mientras iniciaban de nuevo su marcha―. Pero debo admitir que las mujeres que conozco están más interesadas en coleccionar vestidos y joyas que en la literatura.

―Quizás deberíais conocer a otro tipo mujeres ―bromeó ella, en señal de que había aceptado sus excusas.

―Posiblemente tengáis razón ―aceptó él con una sonrisa.

Ciertamente, nunca había conocido a una mujer como ella. No sólo era inteligente sino hermosa. Las finas líneas de su rostro se veían enmarcadas por un brillante y largo cabello castaño, pero sus oscuros ojos vivaces lo traspasaban. No creía que ella fuera consciente de ello, pero tenía la sensación de que, si se lo propusiese, podría leer en él, en su interior, con únicamente una de sus profundas miradas. Erick se esforzó en dejar de observarla con tanta insistencia y trató de retomar la conversación con el fin de detener aquellos pensamientos.

―Tal vez os complacería saber que, casualmente, una copia idéntica a la vuestra descansa sobre mi mesita de noche ―le dijo señalando el libro que Claire sostenía ahora contra su regazo y cuya expresión no le dejó lugar a dudas de que el hecho le sorprendía gratamente―. Y, si os apetece una lectura un poco más amena, he terminado de leer recientemente “Los cuatro Reinos”. Si os gusta la novela épica, podría prestároslo ―le ofreció el joven.

―Pues os lo agradecería enormemente ―sonrió Claire ante tal ofrecimiento―. Ese libro no lo conocía. Sería interesante leer algo nuevo para variar. Los pocos libros que he traído conmigo casi los podría recitar de memoria.

Erick aminoró su paso, pensativo.

―Se me ocurre una idea mejor ―dijo al fin―. Me gustaría mucho mostraros algo, Alteza. ¿Me harías el honor de acompañarme mañana? ―preguntó Erick.

―¿Puedo saber a dónde? ―demandó con cierta desconfianza.

―Preferiría no decíroslo ―respondió Erick―. Quisiera que fuera una sorpresa.

―No me gustan las sorpresas. Temo que soy demasiado impaciente ―admitió Claire con sonrisa tímida.

―Os aseguro que valdrá la pena mantener el suspense hasta mañana ―se esforzó para no reírse, sorprendido por su confesión.

―Está bien ―aceptó la joven―. Pero más os vale que realmente valga la pena ―le amenazó aunque claramente bromeaba.

―Os prometo que así será ―sonrió él aunque no pudo evitar que se le escapase una carcajada.

―¿Podría saber qué os complace tanto? ―preguntó Claire divertida al recitar las mismas palabras que Erick dijese sólo un momento antes.

―Es que muy poca gente logra sorprenderme y vos, en cuestión de minutos, lo habéis hecho no una, sino varias veces ―le explicó sonriente, mientras observaba que un leve rubor maquillaba las mejillas de la joven―. ¿Os he ofendido?

Y el rubor en sus mejillas se hizo ahora más evidente.

―No, no ―se apresuró a aclararle―. Estaba pensando que a mí, en cambio, me sorprenden con facilidad.

―¿Lo decís en serio? ―preguntó como si realmente no lo creyera.

―Sin ir más lejos, me ha sorprendido mucho la actitud resuelta y decidida de la Princesa Agatha ―le confesó.

―Me decepciona oír que eso es lo único que os ha sorprendido ―fingió hacerse el dolido, aunque sus palabras escondían gran parte de verdad.

Claire no contestó, pero trató de ocultar su sonrojo bajando el rostro, obteniendo así Erick la respuesta que, sin saber por qué, esperaba.

―Agatha ayuda a Nicholas a dirigir el castillo ―le aclaró―. Tal vez sabíais que son mellizos.

―La verdad es que no ―negó ella.

―En realidad, Agatha es mayor que Nicholas por unos cinco minutos ―comenzó a explicarle―. A veces, cuando están en desacuerdo por algo, le amenaza diciéndole que va a reclamar el trono al que tiene derecho por haber nacido primero, pero al instante cambia de opinión. Primero, porque nunca le haría eso a su hermano y, segundo, porque es consciente de que jamás podría empeñar esa labor con la misma destreza que él. Además, son tantas las veces que se lo dice, que Nicholas ya no la toma en serio, normalmente rompen a reír y… fin de la discusión ―le dijo mientras sonreía al evocar uno de esos momentos del que él resulto ser testigo.

―Todos dicen que es un magnífico rey ―reconoció ella.

―Y mejor hombre, eso os lo garantizo ―afirmó Erick―. Por eso, Alteza, os aconsejo que no os preocupéis por vuestra prima; está en buenas manos ―concluyó mientras se detenía―. Ésta es vuestra recámara. Inmediatamente os traerán vuestras cosas ―le informó mientras le abría con caballerosidad la puerta―. Por cierto, mis aposentos están justo aquí al lado, así que me pongo a vuestra disposición para lo que deseéis ―susurró con intención, fijándose sus ojos en aquel rubor que resurgía con renovado brillo, así que se inclinó con rapidez para ocultar la sonrisa de sus labios y que se entretuvieron más de la cuenta cuando besó su mano―. Espero que descanséis ―se irguió ahora―, y no olvidéis nuestra cita de mañana.

―No… no la olvidaré. Buenas noches ―titubeó ella visiblemente azorada, apresurándose a entrar y cerrar la puerta.

Claire tuvo que apoyarse en ella durante un momento, mientras se recuperaba de aquel estremecimiento que provocó en su interior la mirada intensa de Erick. Sacudió la cabeza, sólo se debía a que hacía mucho tiempo que no mantenía una conversación tan interesante. El Príncipe Erick era un hombre muy agradable… y encantador. No pudo evitarlo. De nuevo el calor incendió sus mejillas al recordar su sonrisa y sus ojos, unos ojos tan verdes que relucían como las propias esmeraldas…

De repente, se sobresaltó cuando llamaron a la puerta. Eran las doncellas que venían a prepararle el baño, justo lo que necesitaba para despejar su mente y relajarse después del viaje. Esperaba que Gabrielle se sintiera bien; a pesar de todo, no podía dejar de preocuparse. Lo primero que haría al levantarse sería ir a hablar con ella, tenía que averiguar qué pensaba acerca de su prometido y si le agradaba, tal y como ella creía. Pero eso sería al día siguiente, no quería pensar en nada más. En ese momento, iba a disfrutar de ese baño y a descansar.

Sin embargo, fue inevitable que un par de ojos verdes se enhebrasen en su mente una vez más…







Mientras caminaba por el corredor, Gabrielle se preguntaba a qué se debía ese sentimiento de calma que la embargaba por completo. Quizás se debiera a que estaba agotada del viaje, a la perspectiva de obsequiar a su cuerpo entumecido con un baño relajante o, tal vez, a sentir de nuevo el cálido contacto de esa mano que sostenía con delicadeza la suya. No se habían dicho ni una sola palabra en todo el trayecto hasta su recámara pero, en ese momento, para ella las palabras eran innecesarias. Se sentía bien, tranquila, como hacía mucho tiempo no lo estaba… Y siguieron en silencio hasta que se detuvieron frente a una puerta.

―Estos son vuestros aposentos, mi señora ―indicó Nicholas abriéndole la puerta, y un pequeño pálpito golpeó el corazón de Gabrielle al escuchar las palabras con que Nicholas se refirió a ella… “mi señora”. Aquel trato denotaba respeto e, inequívocamente, pertenencia, y la certeza de que en unos días iba a unir su vida a la de ese hombre para siempre se conjuró ante sus ojos.

A pesar de su momentánea turbación, se dejó guiar por él. De repente, al entrar en la recámara, una ola de esencia de rosas tiznada de violetas embriagó sus sentidos. Dirigió su mirada al bouquet que estaba sobre la cómoda y se aproximó, tomando una de las rosas y llevándola hasta su nariz, con sus ojos cerrados para así percibir mejor su aroma. Tras un instante, los abrió y dirigió su mirada a Nicholas, y él joven pudo ver cómo, lentamente, se empezaban a curvar los labios de la joven hasta que una amplia sonrisa iluminó su rostro mientras los reflejos violáceos de sus ojos se volvían más brillantes y los hacía resplandecer.

―Son mis flores favoritas ―le dijo, y Nicholas se dio cuenta de que aún no había escuchado la voz de su prometida hasta ese momento. Era delicada, dulce, y resultaba ser música para sus oídos.

―He sido entonces afortunado en mi elección ―afirmó él lleno de satisfacción.

―¿Ha sido idea vuestra? ―preguntó sorprendida, a la vez que complacida.

―Sí, mi señora.

―Os lo agradezco enormemente ―Gabrielle extendió su mano, ofreciéndole la rosa que había tenido en sus labios hasta hacía sólo un instante y que él tomó sin dudar.

―A mí me alegra mucho que os guste ―asintió aliviado.

Vio entonces que Gabrielle recorría con la mirada la que a partir de entonces sería su habitación y que sus ojos se posaban en la puerta situada al fondo de la habitación.

―¿A dónde conduce esa puerta? ―preguntó con curiosidad.

―Mis aposentos están al lado de los vuestros ―comenzó a decirle―. Y esa puerta comunica vuestra recámara con la mía ―le indicó y el rostro de la joven se llenó de confusión―. Yo en un principio tampoco estaba de acuerdo ―se apresuró a excusarse―, pero Agatha me convenció de que era absurdo alojaros en otra habitación y acomodar todas vuestras cosas allí cuando en pocos días estos pasarán a ser vuestros aposentos ―le explicó―. Creí que era lo más práctico aunque, si os incomoda, puedo ordenar ahora mismo que trasladen vuestro equipaje a otra recámara ―dijo con preocupación. Quizás se había dejado llevar por el pragmatismo de Agatha, olvidando el posible malestar de su prometida ante esa situación.

―No ―le cortó ella―. No os preocupéis. Bien pensado, vuestra hermana tiene razón.

―Sí, pero vuestro bienestar es lo primero ―insistió―. No quiero que os sintáis incómoda.

―Os agradezco vuestra inquietud, pero es innecesaria ―le aseguró calmadamente.

―Está bien ―aceptó, dando el tema por concluido―. Imagino que las doncellas no tardarán en venir a preparar vuestro baño, así que me retiro. Sin embargo, quería haceros una petición antes ―añadió, desviando su mirada de ella, un tanto inseguro por lo que iba a pedirle.

―Decidme ―le instó ella a continuar, en cambio.

―Me complacería mucho si mañana me acompañaseis a dar un paseo. Me gustaría ser yo mismo quien os enseñase vuestro nuevo hogar ―admitió mientras trataba de dominar el nerviosismo de su voz al temer que ella rechazara su compañía. Sin embargo, Gabrielle sonrió tímidamente ante su proposición.

―Estaría encantada de acompañaros ―accedió.

―Magnífico ―dijo Nicholas mientras una sonrisa se dibujaba en sus labios―. Ahora sí me retiro. Que descanséis ―se despidió con una leve reverencia para después dirigirse hacia la puerta.

―Mi señor ―exclamó Gabrielle. Al parecer su subconsciente había decidido que debía dedicarle la misma cortesía que él había tenido para con ella. Le sorprendió gratamente que no le resultase en absoluto malsonante ni en su boca ni en sus oídos.

―Decidme, mi señora ―respondió deteniéndose en mitad de la recámara y girándose para verla de frente.

―No veo necesario que tengáis que salir al corredor para ir a vuestros aposentos ―dijo mientras señalaba la puerta que había sido el objeto de su conversación un minuto antes.

―Si no os incomoda ―dudó.

―Por favor ―asintió ella con la cabeza, alentándole.

Nicholas asintió a su vez y se dispuso a dirigirse al fondo de la habitación, no sin antes detenerse ante su prometida y tomar su mano por tercera vez esa noche y besársela de nuevo.

―Que durmáis bien, mi señora ―susurró.
Ella no pudo más que asentir mientras sentía un leve ardor en sus mejillas. Para cuando se sobrepuso, Nicholas ya había desaparecido tras aquella pequeña puerta.

2 comentarios:

  1. Mi corazón en tus manos , es una novela completa en todos los sentidos......
    Recomendada 100 x100

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    1. Mirian!!! Que ganitas tengo de que puedas empezar a leer el segundo :) Besos guapa!

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